DE SERPIENTES Y ESCALERAS: las contracorrientes de la edad


No me lo esperaba, pero uno de los temas estrella de mi último retiro de Yoga fue la edad. Pasé mucho más tiempo del que me esperaba con mi atención copada por las paradojas, ventajas e inconvenientes del paso de los años. Entré al Ashram con las sensaciones de la primera vez que lo pisé (hará la friolera de unos siete años), pero tras la primera ducha ya tropecé en el espejo con una imagen que en mi cotidianidad ya me resulta familiar, pero que allí (con la sensibilidad anclada siete años atrás) me tomó al salto con la contundencia de lo imprevisto. Arruguitas o amagos de entradas, una expresión desdibujada con una mirada como de brillo domesticado en los ojos… Quién será señor del espejo…

¿Cómo afrontar el ineludible paso de los años? ¿Realmente, qué conlleva necesariamente la edad y qué es opcional? ¿Es que sólo ofrece inconvenientes? ¿Podemos aprender a vivir la edad de una manera más inteligente, útil y satisfactoria? Y lo más importante: el hacerlo, ¿Puede enseñarnos algo extrapolable al resto de nuestra vida más importante que lidiar mejor con la edad? Si te interesa saberlo…

Experiencias como la de mi primer choque frente a un espejo en el Ashram me obligan a recordar lo que la rutina soslaya: que por mucho que pretenda vivir como un adolescente socarrón, por muy lejos que escupa hasta la última convención que la edad intente hacerme tragar… ya soy todo un señor. Tal vez ni piense ni actúe como la mayoría de señores de mi edad, y al lado de muchos coetáneos parezca un crío despreocupado en la cuesta abajo de su postadolescencia más risueña. Pero el hecho es que, a mis 44 años, siento que todo el mundo alrededor mío es más joven… y es que cada vez más lo son. Lo cual ayuda a que el tema de la edad cope mayores parcelas de mi atención. Cada vez más…

Por supuesto que ya he superado ciertos automatismos etílicos, urgencias hormonales y las tendencias compulsivas al trasnoche que caracterizaron mi adolescencia y postadolescencia, pero incluso hoy, desde mi sosegadísima madurez tranquila,  sigo negándome a actuar bajo los dictados que la sociedad atribuye a cada edad. Debo confesar que, salvo honrosísimas excepciones actuales y el paraíso adolescente de mi Univeritat Laboral de Tarragona, nunca me identifiqué ni me sentí cómodo entre mis coetáneos. De joven, por sentirlos demasiado pendiente de hormonas, motos y futboleos; de mayor, de facturas, dinero, hijos e hipotecas. Siempre me gustó rodearme de gente mayor –de menor- o menor –de mayor-, así que disonancias como la del espejo devolviéndome una imagen que no sentía propia no son  más que las colisiones que marcan la transición inmisericorde entre el jovenzuelo que todavía me siento y el madurito en que, impepinablemente, me voy convirtiendo.

Vivir a contra corriente de la edad, sin aceptar los cánones que socialmente imponemos a cada etapa cronológica tiene sus obvias ventajas, pero también innumerables inconvenientes. Salman Rushdie, en su majestuoso Hijos de la Medianoche  escribió -no recuerdo a santo de qué- sobre el juego de la escalera. En esta especie de juego de la oca indio, el tablero está salpicado de casillas con una escalera dibujada, al pie de la cual puede esconderse una serpiente. Mientras que la escalera te permite ascender decenas de casillas de golpe, la serpiente puede echarte del juego o devolverte a la casilla de salida. Evidentemente, en la vida todos queremos caer en las casillas de la escalera –clave para avanzar más rápido hacia nuestras metas-, pero toda escalera entraña el peligro latente de una mordedura venenosa que nos haga recular. Será por ello que aunque todos deseemos escaleras,  muchos acostumbramos a evitarlas. Y, por miedo a según qué venenos, a menudo nos resignemos al trote cochinero de una vida trillada que tal vez no acabe de llenar, pero aparenta seguridad frente a las mordeduras venenosas de la incertidumbre.

De joven, las escaleras de mi desacato a los cánones de la adolescencia fueron una presunta madurez precoz en temas de autosuficiencia económica, ciertas dosis de responsabilidad estructural entre el océano de mis astracanadas, una ambición desaforada por revelarme contra las imposiciones de la vida… Pero, obviamente, también hubo serpientes: el paso inseguro, a ratos confuso y torpe de todo un Pulgarcito calzando botas de siete leguas, una cierta desubicación vital al albergar dudas que ni cabían en mi propio cerebro, bajones abrumados por tantos temas que me vienen y me venían grandes, etc.

Ahora, de algo más mayor, también tiene sus escaleras y sus serpientes mi tendencia a ningunear los imperativos de la edad que no me cuadran. ¿Escaleras? La vitalidad, la ilusión por concretar futuros todavía por dilucidar, el deseo, los sueños por concretar, la libertad absoluta de hacer con mi vida lo que me dé la gana, el poder jugar todavía a no saber quien seré de mayor,  etc. Pero tampoco olvido que en toda escalera anidan posibles serpientes, que en el caso de todo un cuarentón con alguna ínfula veinteañera como yo, van del no aceptar lo ineludible, hasta perder el decoro aparentando lo que ya no se es, convertirme en la caricatura de mí mismo o las sombras de futuribles soledades… No me quejo, es mi elección que reedito cada día, con sus beneficios a disfrutar y sus correspondientes facturas a pagar.

El reto del presunto órdago a mi edad es el de cualquier otra manera útil de vivir: aceptar lo que hay sin resignarme a ello. Aprender a rebelarse bien contra la edad es aprender a rebelarse bien contra cualquier obstáculo en la vida: encontrar el punto lúcido entre la rebeldía y el pragmatismo. Recordad la sabiduría de Santo Tomás de Aquino: “Dios, dame coraje para cambiar lo que puedo cambiar, serenidad para aceptar lo que no puedo cambiar y sabiduría para distinguirlo”. Tenerlo en cuenta nos permitirá inocularnos Ambición (frente a lo que esté en nuestras manos cambiar) y Paz (para aceptar lo que no) y vacunarnos contra el Resentimiento (al rebelarnos contra lo inamovible) y la Resignación (al acatar sumisos las consecuencias de aquello que sí podríamos cambiar). Y la clave, claro: inteligencia para diferenciar los hechos consumados de las posibilidades por habilitar.

Por todo ello, tal vez el mayor beneficio de aprender a gestionar la edad vaya mucho más allá de llevar mejor el propio paso del tiempo, y sea el aprender a perderle el miedo a las serpientes (sobre todo, a las que no pican). Para así no desperdiciar ni una sola escalera más. Ni con la edad… ni con la pareja, ni la profesión, ni la familia ni la salud.

Y más allá de mi propia biografía, ¿En qué se basa disfrutar de la edad? ¿Cómo aprender a sacarle todo su partido, a pesar de sus más que evidentes contrariedades? Las respuestas a estas preguntas serán ya motivo de un post que dedicaré en breve, con la exclusividad que se merece, a los claroscuros de la edad. Si es cierto que no hay flor sin espinas, también ha de serlo que no hay espinas… sin flor. No me engaño: la edad está llena de espinas. De mí depende encontrarle las flores que protegen. Y hartarme de olerlas a todas horas.

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2 comentarios en “DE SERPIENTES Y ESCALERAS: las contracorrientes de la edad

  1. Acostumo a identificar-me amb el que et llegeixo. Avui especialment.
    Perquè aquests últims anys, jo també, quan em miro al mirall, em pregunto qui és aquella senyora. Perquè haig de fer un gran esforç per recordar-me que és estúpid no acceptar l’inneludible. I el pas del temps ho és. I jo no sóc estúpida.
    Perquè vaig ser una adolescent precoçment madura i excesivament perfeccionista.
    Perquè tinc 43 anys i he començat a practicar yoga. Potser trobi la pau i la serenitat que es suposa que et dóna l’experiència.
    Perquè tinc tendència al pesimisme però intento ser conscient a diari de la fortuna de la salut. Perquè vull exprimir la sensació de llibertat que em dóna aquesta fortuna, encara que alhora no pugui evitar ser conscient de quan volàtil és…; de que, en el fons, no som res. Només som algú. A ningú li importa. Només a un mateix.
    M’he deixat portar per la vida, cap a la vida que creia que volia. Com la majoria, suposo. I ara, en plena crisi dels 40, em pregunto què faig, qui sóc, què vull. Com la majoria, suposo… En el fons no debem ser tan diferents…
    M’han trontollat els principis, els valors, les creences. M’he sentit ben buida. El que abans m’estimulava (excesivament material, val a dir) ara em resulta indiferent. I encara estic buscant noves motivacions. Els meus pilars es desmoronen i jo encara sóc pura contradicció. Aquest procés de retrobament existencial és dur. Suposo que és part del procés de creixement…
    26/08/16. MSP

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  2. Pingback: La carcoma de la edad y la tozudería del carpintero | Metacoaching – José A. Peral

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