DE DISTANCIAS Y AUSENCIAS: la añoranza de lo propio


Llegué a mi último retiro de yoga  con una retahíla de objetivos idéntica a los anteriores. De los más utópicos a los más prosaicos: desde salud, buenos hábitos, domesticar el cerebro, conocerme mejor,… hasta hartarme de descansar, leer, dormir y remolonear sin relojes ni obligaciones.

Pero sé que también albergaba un deseo más recóndito: como tantas veces antes, alejarme de Barcelona, la ciudad en la que vivo en continuo idilio. ¿A qué viene este deseo reiterado de separarme de lo que deseo? ¿Hasta qué punto tiene sentido privarse de lo que se quiere… y ya se tiene? ¿Aporta algo el poner distancia con lo que se disfruta? Si te interesa saberlo…

No sólo me encanta alejarme de Barcelona, también de mis seres más queridos. Esas distancias con lo amado y poseído, más que separaciones, para mí son excusas para la añoranza, paréntesis tanto para desintoxicarse de rutinas como para corroborar las elecciones ya realizadas. De mi ciudad y mis amados me alejo para que su ausencia me devuelva el valor que su presencia tiene en mi vida, pero que la dispersión propia del día a día y sus obligaciones nos hacen pasar por alto.

El pez es el último en darse cuenta que está rodeado de agua, y alejarse de las rutinas es como saltar fuera de ese agua donde habitualmente nadamos y en la que estamos tan inmersos que ni nos damos cuenta de su temperatura, color y salubridad.

Así, ¿Cuáles son las ventajas terapéuticas de alejarse de lo propio?

1. DISTANCIA = PERSPECTIVA. ¿Has probado a verte en el espejo con la nariz frente al cristal? ¿Observar tu propia mano con la palma pegada a los ojos? Pues así de distorsionada e incompleta es la imagen que solemos obtener de nuestra vida inmersos hasta las cejas en la propia rutina. De la misma manera que para poder observar los contornos y forma de una ciudad debemos tomar cierta distancia, para contemplar nuestra existencia (qué nos gusta o disgusta de ella, qué queremos y podemos conservar o cambiar…) también debemos alejarnos de ella. Entra en cualquier lugar y mira alrededor: podrás verlo todo tan sólo dirigiendo tus ojos hacia lo que quieras observar. Las personas, los colores, las formas y contornos, la decoración… todo. Menos una cosa: tu propia cara. Para ello, necesitarás un espejo. Pues a nivel existencial, ese espejo es la distancia, la ausencia, el abandono voluntario de la cotidianidad que se nos acaba volviendo transparente de tan omnipresente. 

2. PRIORIZAR Y PONDERAR. Alejarse de lo propio es verse desde fuera, ingrediente insoslayable para reevaluarnos. Esa nueva visión que la distancia permite nos ayuda a reconsiderar la importancia que le estamos dando a las cosas, a qué estamos prestando atención –y cuánta, y de qué tipo- y qué estamos soslayando hasta la indiferencia. ¿Realmente, según qué opiniones, facturas, presuntos contratiempos puntuales o conductas ajenas… tienen la importancia que les doy? ¿Y otras cosas, tal vez como la salud, o la relación con amigos o la pareja, el esfuerzo cotidiano por sacar a flote la familia o esa pausa diaria del café… tienen tan poca importancia como para casi no prestarle atención? Muy a menudo, la distancia con lo diario nos ayuda otorgarle valor a lo realmente importante y quitárselo a lo que en el fondo nunca lo tuvo.

3. CULTIVAR EL ARTE DE ECHAR DE MENOS. Nada mejor para encabritar la pasión… que sentirla en peligro. El vivir abducido por la propia cotidianidad nos hace, demasiado a menudo, necesitar de una buena ausencia para revalorizar según qué presencias. Una de las principales taras del ser humano es su tendencia a dar por sentado todo lo maravilloso de la vida, tomándose como un derecho adquirido –ad eternum, y porque yo lo valgo, qué menos- lo que en el fondo es un milagro y, para postre, efímero. Todos los que gozamos de un mínimo de salud, respiramos sin dificultad, no nos consume el dolor y disponemos de todas nuestras extremidades… deberíamos dar gracias a dios-pachamama-destino-azar-universo- (elíjase en función de la mitología individual de cada uno) por disfrutar cada día de esa maravilla llamada suficiencia biológica… de ineludible fecha de caducidad. Pero rara vez lo hacemos, demasiado ocupados como andamos por unas arruguitas, un dolorcillo por aquí o una contrariedad por allá. Con las personas, nos pasa igual: amén de los furores de la primera pasión erótica (eso son estados alterados de conciencia, no cuenta, es doping), sólo la ausencia de según qué seres queridos nos revelan no sólo cuánto los amamos, sino el privilegio de poder disfrutarlos de cerca. Con todo lo que nos aportan, todo lo que significan y enriquecen nuestra existencia, la distancia y la ausencia ayudan a devolverles el brillo que la cotidianidad marchita bajo el polvo del día a día. Echar de menos, de la manera correcta y a las personas que lo merecen, es todo un arte. Y todo arte se perfecciona ejerciéndolo. No hay mejor campo de entrenamiento que la distancia y la ausencia.

4. DARSE CUENTA DE OTRAS AGUAS AJENAS… y hasta propias. “Existe la tendencia de confundir las fronteras de la razón con las de la propia concepción de las cosas y de considerar locura todo cuanto se sitúa más allá de dichas fronteras” Thomas Mann, Dr. Faustus                       Otra de las taras más castrantes del ser humano es la de confundir la propia vida y realidad (subjetiva, arbitraria, fruto casi aleatorio de los millones de decisiones tomadas a lo largo de décadas) con LA única vida aceptable, posible o adecuada. Por delirio autorreferencial, tendemos a confundir nuestros propios límites con los de nuestra vida, nuestra manera de ver las cosas con LA única manera de hacerlo, juzgando como raro, extraño, estúpido o excesivo todo aquello que sobrepase los límites de NUESTRO particular e intransferible sentido común actual. La distancia y la ausencia nos llevan a zambullirnos en otros lugares y gentes que creen y crean realidades tan subjetivas y arbitrarias como las nuestras… sólo que muy diferentes. Con el piloto automático de la cotidianidad, resulta demasiado fácil investirnos de supremacistas juzgones que, más allá de la retórica políticamente correcta, camuflan de pseudotolerancia lo que tiene más de condescencia que de plena aceptación del otro y sus modos y maneras diferentes. Largarse lejos de la comodidad previsible de la propia rutina nos aboca a enfrentarnos a nuevas concepciones, modos de vivir y creencias, y el mero hecho de hacerlo nos prueba algo tan obvio como obviado: que existen otras maneras de relacionarse con la vida, el mundo, los demás y uno mismo. La distancia nos permite darnos cuenta de nuestra propia subjetividad (y su inherente carga de arbitrariedad más o menos razonable), lo que abre la puerta a analizarla críticamente y quedarnos de ella con lo que nos enriquezca y deshacernos de lo que nos limite. Ausentarse del día a día habitual  no sólo ayuda a ver que los demás tienen otras maneras de vivir… sino que también nosotros tenemos infinitas posibilidades vitales más allá de las actuales (esas que tendemos a considerar las únicas posibles, correctas y viables). Pasar de considerar nuestra actual manera de vivir de una obligación irreversible a una elección entre millones de otras posibilidades nos permite darnos cuenta de algo que libera e incomoda a partes iguales: que somos libres de elegir entre las infinitas vidas posibles que ya tenemos a nuestra disposición o que podemos empezar a crear.

5. REEDITAR ELECCIONES. No vale elegir y dejarse llevar por lo elegido: las elecciones verdaderamente libres, por definición, son siempre provisionales (lo otro se llama resignación, conformismo o cerrazón apriorística). Y si para algo sirve esa perspectiva de la distancia es, precisamente, para reevaluarse por completo y revalidar o revocar las decisiones tomadas. ¿Qué la perspectiva nos revela aspectos positivos de una situación que no teníamos en cuenta? Genial: regresaremos a ella disfrutándola más intensa y conscientemente. ¿Qué la distancia nos permite darnos cuenta que algo ya no nos llena? Genial también, pues la consciencia de la incomodidad es el primer paso para cambiar la postura incómoda. La distancia y la reconsideración de las decisiones tomadas es un juego ganar/ganar: salga el diagnóstico que salga, salimos ganando. Otra cosa es que la victoria resulte cómoda o incómoda. La página en blanco del tiempo en la distancia nos permite escucharnos, al impedir sepultar en obligaciones nuestra propia voz. Y encontrarse de golpe con uno mismo, sin los burladeros de la activitis cotidiana, puede resultar incómodo, pero necesario para construirnos una vida más a medida de los anehlos que de las costumbres.

Mi irrepetible Jordi Magallón, un día que le pilló lúcido, soltó una de sus mejores perlas: “Soñar para viajar, viajar para volver, volver para soñar”. Yo sólo me atrevería a añadir: y para darme cuenta de todo lo que ya disfruto pero la caraja de la rutina no me permite valorar como se merece.

Ni recuerdo dónde leí otra presunta boutade lúcida, ésta en referencia a los rigores de la biología y el tiempo: “el dolor es ineludible; el sufrimiento, opcional”. Análogamente, la tontería congénita del ser humano y su tendencia a dejarse abducir por su cotidianidad es obligatoria, pues así estamos hechos neurobiológicamente. Pero el no hacer nada para remediarlo (como, entre otras muchas cosas, tomar distancias de la propia vida, viajar, ausentarse de la rutina, etc.) es opcional. La tontería que me haya tocado por genética y especie ya me pesa demasiado como para engordarla con la carga extra de mi propia abulia al respecto.

Tal vez esta sea la razón que me empuja una y otra vez  a quitarme de en medio: porque, al hacerme más consciente de lo importante y lo accesorio en mi vida, siento que mi tontería se limita a la indispensablemente humana (ya excesiva, a mi gusto). Será por eso que llevo una vida leyendo, escribiendo, viajando y pensando… y animando a los demás a que lo hagan. Para, entre todos,  intentar reducir la tontería humana a la ineludible como especie.

 La vida es un milagro efímero que la rutina tiende a relativizar. Me niego a desperdiciarla sometiéndome a ello por comodidad o miopía. Si utilizamos la perspectiva que nos regala la distancia y la ausencia, no cabe duda alguna: el milagro es estar vivo. Lo demás, minucias. Lástima que la empanada del día a día nos dificulte tanto tenerlo siempre tan claro.

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