DEL TEMPERAMENTO AL CARÁCTER: la soledad como anécdota


Dejadme confesar algo que para los que me conocen personalmente es una obviedad: siempre fui una rara avis (definición cultureta de perro verde). Individualista acérrimo, compulsivamente alérgico a las manadas, apologeta de la soledad fértil, siempre tuve entre mis santos patronos a gentes como Oscar Wilde (“Cuando la gente está de acuerdo conmigo, siempre me planteo en qué me estoy equivocando”) o Grouxo Marx (“Nunca pertenecería a un club que aceptara a socios como yo”). Esta tendencia misántropa (sólo compensada por mi logorrea compulsiva, vitalismo y curiosidad frenética por el ser humano), se ha ido marcando especialmente con la edad, hasta el punto de hacer del yomimeconmiguismo una manera de vivir que, para saltarme a la torera,  cada vez precisa de más y mejores incentivos.

Pero en éstas,  la gripe de una amiga me desmontó a última hora un plan para celebrar la pasada noche de Sant Joan. Hace años que paso olímpicamente de cumpleaños, compito con un amigo por ver quien se acuesta antes en Nochevieja y miro que los petardos de la verbena me pillen en un pueblo del Pirineo de 7 habitantes. Y sin embargo, tras este plan frustrado, y mientras regresaba a casa fantaseando con el vinazo que me iba a abrir y la novela o película que me iba a regalar, empecé a sentirme sorprendentemente solo, con una incomodidad ante mi exclusiva compañía que no sentía desde mi postadolescencia treintañera. Tan desagradable era la sensación que incluso me vi tentado a bucear en la agenda tras cualquier compañía de saldo… que finalmente ni busqué. No sé qué empujó a todo un idólatra convencido de la autocompañía a sentir un súbito ataque de pánico ante la perspectiva de una noche en solitario. Tampoco qué me impidió lanzarme en busca de esa compañía que, por otro lado, tanto me pedía el cuerpo. Eso sí, esta aparente contradicción me despertó una curiosidad compulsiva por llegar a entender tanto lo uno como lo otro.

¿Qué hace que vivamos tan mal la soledad? Y si tan mal la vivimos, ¿Por qué no nos lanzamos a paliarla con mayor determinación?

  1. EL PORQUÉ DEL PÁNICO A LA SOLEDAD: los ecos de la subsistencia primitiva

Infinidad de miedos recorren y configuran, soterradamente, la espina dorsal de las contradicciones humanas. Pero tal vez el mayor de ellos sea el horror atávico frente a la soledad no elegida, pues en lo más primitivo de nuestro cerebro resuenan ecos de abandono y muerte ante cualquier atisbo de soledad no deseada. Como ya vimos, entre otros, en ¿EMOCIÓN O SENTIMIENTO? La brecha de la autonomía humana. , durante demasiados siglos no estar arropados por semejantes representaba la antesala de morir de hambre o devorado, y esos lejanos ecos instintivos se ven amplificados (como mero rumor de fondo para los más individualistas / hasta el estruendo para los más sociables) ante cualquier amenaza de soledad involuntaria. Miles de relaciones tóxicas y sufrimientos gratuitos nacen de este pánico a la soledad, tan lógico en el paleolítico como infundado en la sociedad actual… pero tan presente entonces como ahora.

Así, la impulsividad primitiva del cerebro reptiliano nos empuja compulsivamente hacia la búsqueda de nuevas compañías, y ya sabemos que no hay mejor herramienta para guiar nuestra conducta que las emociones, cuyas sensaciones agradables o desagradables nos impelerán a hacer aquéllo que amplíe las primeras y mitigue las segundas. Nuestro cerebro primitivo es todo un maestro en utilizar las emociones para determinar nuestras conductas, aunque sea contra lo que consciente y racionalmente pensamos que queremos. ¿Nos suena como actúan los niños para incidir en la conducta de los adultos? Pues nuestro cerebro primitivo es el niño que todos llevamos dentro: a ratos caprichoso, voluble e inflexible, siempre dicotómico, negándose a aceptar lo que considere inaceptable, cabreándose hasta el puchero más consentido si hace falta para salirse con la suya. Y el puchero final del cerebro primitivo son las sensaciones desagradables que acompañan la soledad, para empujarnos sin dilación a salir de ella y construir una manada estable. Pero consolidar una manada estable  (esa que compartiría la cacería conmigo, se jugaría su propia subsistencia por la mía y me facilitaría reproducirme) conlleva una serie de concesiones que el ser humano moderno (y algunos individuos en particular, menos) no siempre acepta de buen grado. Pertenecer a un grupo nos coarta la propia libertad, obliga a negociar rumbos deseados y acatar no elegidos, hacer por los demás lo que nosotros buscamos que los demás hagan por uno… Un precio a ratos inaceptable para un producto, la seguridad de la manada, al que nuestro instinto no nos permite acabar de renunciar por completo.

2. EL PORQUÉ DE LAS RETICENCIAS A PALIARLA: creencias generativas o justificativas

“Las teorías tan articuladas luego resultan duras de desmontar, no te atreves a decirle a nadie: “Ayúdame a salir de este laberinto de teorías, oye, que no respiro” Carmen M. Gaite, Retahílas

Precisamente por este precio, el neocórtex puede conspirar en dirección opuesta a la necesidad instintiva de compañía. Un enjambre de sesudas teorías personales, creencias mejor o peor fundamentadas (no siempre coherentes las unas con las otras) y marañas de sentimientos encontrados pueden facilitar, dificultar e incluso impedir nuestra natural tendencia a la seguridad de la manada establecida.

Decía Nietzsche que el ser humano es un animal que emite juicios. El humano es un contador de cuentos, un hilvanador de historias, una máquina de generar relatos que construyan un sentido coherente a lo que piensa, a lo que vive, a lo que siente. Y siempre lo encontrará pues, caso de no hacerlo, acabará inventándoselo. Siempre que le arroje un atisbo de sentido o le justifique hacer lo que el cerebro primitivo le exige, el ser humano acabará creyéndose cualquier cosa, por muy irracional que pueda resultar desde la lógica. En la disyuntiva entre el desamparo de la confusión y la incertidumbre o la irracionalidad de cualquier certeza, siempre escogeremos este segundo camino. De ahí que nuestras creencias no sean siempre de fiar, y mucho menos reflejo de quien somos, pues muchas de ellas nos las hemos fabricado no como conclusión objetiva de un proceso prístinamente racional, sino como burladero ante la confusión.

A esas certezas autoexplicativas las llamamos creencias. Como ya vimos en Si no lo creo, no lo veo, siempre subjetivas y arbitrarias, a menudo de una lógica cogida con pinzas, en el fondo no buscan conocer la realidad de nuestra vida ni entenderla cabalmente mediante explicaciones fundamentadas, sino regalarnos un relato consistente que nos permita justificar el seguir haciendo lo que hacemos o para no enfrentarnos a según qué miedos, dudas o contradicciones latentes.

Y aquí estriba uno de los grandes problemas del ser humano: para darle sentido a nuestra existencia, necesitamos de tantos centenares de creencias que resulta imposible armonizarlas todas entre ellas, por lo que nuestros sistemas de creencias están necesariamente plagados de contradicciones e incongruencias. Contradicciones que conseguimos pasar por alto parapetados tras las mil excusas que la cotidianidad contemporánea nos brinda en bandeja como excusas más que plausibles. Cansancio, compromisos personales, obligaciones profesionales… todo ello nos viene a huevo (y rodado) para no darnos cuenta de los centenares de disonancias lógicas que necesariamente se dan entre nuestras creencias más arraigadas.

A poco que nos atrevamos a ponerle la lupa, nuestra cotidianidad nos brinda decenas de ejemplos de estas disonancias entre creencias (que desembocan en incoherencias entre creencias y conductas). Tenemos la creencia firme de que la familia es lo primero, pero pasamos más tiempo ganando dinero que con los hijos; creo ser una persona independiente y autónoma, pero mi conducta diaria subordina todo a agradar y complacer a alguien; la salud es lo más importante, pero me harto de tabaco, grasas y sofás; me muero por un relación estable pero me convenzo que lo que quiero es seguir en una poligamia militante (o viceversa). Las listas son interminables, y ellas son los nidos donde se crían todas nuestras insatisfacciones.

Estas incongruencias entre creencias nos pasan desapercibidas la mayor parte del tiempo. Pero de tanto en tanto, sea por puro azar o  bajo el peso estrepitoso de su propia inconsistencia, alguna situación o suceso nos hace percatarnos de esas incoherencias, haciendo explícitas contradicciones que tal vez eran obvias pero que ya nos encargábamos nosotros mismos de no ver. Las tan cacareadas crisis existenciales no son más que cuando se hacen visibles estas colisiones entre creencias enfrentadas.

3. LA PAZ ENTRE EL CEREBRO PRIMITIVO Y EL NEOCÓRTEX: entre el temperamento y el carácter

En una de las múltiples crisis que me sobrevenían hace años, cuando me dedicaba más a quejarme de lo que me faltaba que a crear las condiciones para conseguirlo, un dicho cubano  me explotó en la cara con toda la contundencia de su lucidez lacerante: “todo lo que sucede, conviene”. Una vez reprimidas las ganas de abofetear a quien me lo soltó como respuesta a mis lloriqueos quejicosos, atiné a darme cuenta que si tanto me escoció oírlo era porque las heridas que tocó estaban bien infectadas. Como ya vimos en De Víctimas a Protagonistas: transformando quejas en ilusiones, no somos dioses omnipresentes capaces de decidir lo que sucede y lo que no en nuestras vidas, pero si humanos responsables de aprender de todo ello y enfocarlo – y actuar- de manera que, tras todo suceso, salgamos de él un pelín más humanos y algo menos ignorantes.

Por ello, me alegro enormemente que los planes de la revetlla de St. Joan se truncaran tal como hicieron. Sin ellos, mi egolatría me hubiera impedido reconocer un conato de orfandad ante la soledad puntual que también anida en mi alma. Intento encarar mi vida para vivirla como realmente me llena y no limitarme a lo que me resulta cómodo, pero ello  no quiere decir que no sea tan frágil, primario y cagón como cualquier hijo de vecino. Que no tire la primera piedra no quiere decir que esté libre de pecado, y reconocer los zarandeos de mis instintos más timoratos no me libra de mis contradicciones. Eso si: me ayuda a aprender a armonizarlas y convertir así en estiércol fértil todo este detrito de mis sistemas de creencias en conflicto.

Me alegro que mis creencias, tan sesudas y requetelaboradas, no me impidan darme cuenta de mis instintos, fragilidades e inconsecuencias temperamentales. Pero me alegro aún  más de utilizar mi neocórtex para, mediante esas enrevesadas creencias elegidas, no ser un mero títere de los instintos, miedos y conformismos a los que, emociones primarias en ristre, mi cerebro primitivo intenta subordinarme.

Supongo que eso que llamamos equilibrio estriba en mantener una inverosímil tregua, siempre precaria, entre los alaridos destemplados del instinto -el temperamento-  y los dictámenes artificiales de las razones complejas y creencias mediante las que he decidido gobernarme –mi carácter-. El cerebro reptilineo (almacén del temperamento heredado) y las emociones primarias son nuestra potencia; el neocórtex (la fábrica del carácter a construir) y nuestras enrevesadas creencias, el control. Nadie puede permitirse el lujo de prescindir de ninguno de los dos. Ni de enfrentarlos a tumba abierta, pues al iniciarse una guerra nunca se sabe qué bando la ganará, pero si qué acabará devastado tras la contienda: el campo de batalla donde se libra. En este caso, uno mismo.

Potencia sin control no sirve para nada, de más allá de para estrellarse en cualquier curva de la vida. Pero control sin potencia sólo sirve para dejar enmohecerse el barco de nuestra vida en la seguridad aséptica, previsible y estomagante del primer puerto que nos abrigue.

A los dioses sólo pido que mi temperamento nunca someta mi carácter a sus caprichos primarios, pero que tampoco mi carácter me prive de la fuerza instintiva del temperamento. Supongo que esto en el fondo es el objetivo del Coaching: que el carácter y el temperamento acaben remando en la misma dirección: la de construir la mejor versión de uno mismo. La que nos merecemos nosotros mismos y los que amamos.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s