Atajos al Flow II: tus creencias al servicio del flujo


En el post anterior Atajos al Flow: aprendiendo a construir experiencias pico, vimos como los momentos de flujo pueden transformar el esfuerzo que conlleva todo objetivo en una fuente intrínseca de placer. También vimos los beneficios estratosféricos de hacerlo (más hacer, más eficiente, más placentero), e incluso una manera de conseguirlo: a través del alineamiento de tus niveles neurológicos. Pero existen otras maneras de transformar las obligaciones en deliciosas experiencias pico y que, también, dependen exclusivamente de ti. Hoy os hablaré, concretamente,  sobre cómo gestionar tus creencias en relación a las expectativas, la dificultad – competencia y el sentido de lo que haces, y como esa gestión puede impedir o facilitar tus momentos de flujo. Si te interesa saberlo…I. LAS CREENCIAS COMO ATAJOS AL FLUJO.

 “Un mapa no es el territorio que éste representa pero, si es correcto, tiene una estructur  similar a la del territorio; de ahí su utilidad”,  Alfred Korzybski

Una vez más, permíteme recordarte que el ser humano no se relaciona directamente con la realidad, sino con las creencias que se forma respecto a ella. Como ya vimos en Si no lo creo, no lo veo y La invención de la realidad, el mundo exterior que nos rodea es demasiado grande, complejo y multidimensional como para que podamos abarcarlo en su totalidad con nuestro más que humilde cerebrín, por lo que nuestro pensamiento necesita simplificar y esquematizar ese mundo en forma de creencias genéricas que nos permitan orientar nuestras conductas en él. Estas creencias reducen el mundo a unas dimensiones operativas y accesibles a base de tamizar nuestras percepciones y experiencias a través de tres filtros:

Generalización: Transformar la percepción de las experiencias a base de escoger elementos o piezas concretas  de un modelo y convertirlas en EL modelo, elevando las anécdotas seleccionadas a categorías que representan a todo el grupo al que las adscribimos.

Eliminación: Atender selectivamente determinados aspectos de nuestras experiencias, excluyendo todo aquello que quede fuera de las mismas. Tendemos a eliminar todas aquellas informaciones concretas que contradigan los modelos mentales ya formados mediante las  generalizaciones.

Distorsión: Reelaborar los datos sensoriales que recibimos para que encajen y no cuestionen el modelo de mundo que nos hemos creado generalizando y eliminando, pues todo cambio de modelo nos hace sentir inseguros e incómodos. Para nuestro cerebro más primitivo (el que manda con el piloto automático) más vale una mala certeza que una buena incertidumbre.

Mediante estos tres procesos, nuestro cerebro confecciona mapas, del mundo en general y nuestra vida en particular, que nos permitan orientarnos en él. Todo mapa es un esquema simplificado del territorio que intenta representar y, como tal, su utilidad no se mide por la exactitud literal de la realidad representada, sino por su utilidad para guiarnos eficientemente a través de ella. Un mapa escala 1:1 de una ciudad no sólo es imposible: ¡Es que sería absolutamente inútil para guiarnos!

Así, tanto la idea que tengamos acerca de todo lo que determina las condiciones para el flujo (las expectativas, el equilibrio entre dificultad y competencia y el sentido de lo que hacemos) no son más que creencias y, como tales, meros mapas necesariamente inexactos de la realidad que simplifican a base de generalizar, eliminar y distorsionar. El rehacer estos mapas nos permitirá transformar los laberintos de la alienación en atajos al flujo. ¿Cómo?

II. GESTIONANDO EXPECTATIVAS

Satisfacción = Resultados -Expectativas. Una de las barreras más infranqueables para el flujo es la insatisfacción, una emoción que nos fabricamos de dos maneras muy sencillas: minimizando los resultados conseguidos o exagerando las expectativas (generalmente, las dos cosas a la vez). No hay flujo sin Satisfacción, y no puede haber satisfacción sin un equilibrio ponderado entre Resultados y Expectativas. Por suerte, y como ya vimos anteriormente, la satisfacción no sólo depende de los resultados (que, casi nunca, están bajo nuestro entero control), sino de cómo enmarcamos esos resultados en las expectativas internas que nos habíamos forjado previamente.

Por ello, ante la insatisfacción o la frustración impidiéndonos el flujo, podemos replantearnos:

¿Hasta qué punto son realistas esas expectativas?                                                                                 ¿Se basan más en datos objetivos y análisis ponderados… o son fruto de meras necesidades e impaciencias?                                                                                                                                                   ¿No emanará nuestra insatisfacción de pedirle peras al olmo?

Contestarnos estas cuestiones, honesta e inquisitivamente, puede llevarnos a reconsiderar nuestros resultados, ergo dotarnos de una paciencia y satisfacción que desbroce nuevos atajos a esos momentos de flujo que, consciente o inconscientemente, todos queremos vivir.

III. DIFICULTAD Y COMPENTENCIA: entre la angustia y el aburrimiento

El psicólogo M. Csikszentmihalyi (juro que no es broma, se llama así) basa sus teorías en explicar cómo llegamos a las experiencias pico si alcanzamos un equilibrio perfecto entra la dificultad que entraña una actividad y nuestro nivel de competencia para afrontarla. Opina que si la dificultad de la actividad excede nuestras competencias, nos veremos presos de la angustia al no sentirnos capacitados para acometerla con éxito. Por el contrario, si nuestras competencias sobrepasan de largo la dificultad requerida, nos abocaremos a un aburrimiento cómodo pero que, más tarde o más temprano, se tornará exasperante.

Tanto la angustia como el aburrimiento constituyen un obstáculo infranqueable para alcanzar el placer y la eficiencia del fluir. La buena noticia, como siempre, es que toda emoción emana insoslayablemente de nuestro pensamiento, y nuestras ideas sobre dificultades y competencias son creencias, no realidades (y como tales subjetivas, arbitrarias, incompletas y argumentables en función de su utilidad).

Así, frente a la angustia que nos provoca una actividad que se nos estima muy por encima de nuestras capacidades, podemos replantearnos:

¿Esta tarea entraña tantas dificultades como yo ahora percibo?                                                         Realmente, y aunque así fuera, ¿Yo tengo tan pocas competencias para acometerla?              ¿Tantos recursos me faltan para afrontarla?

También podemos auditar las creencias que nos abocan al  aburrimiento ante tareas que consideramos sencillas hasta el hastío, sin aliciente alguno para acometerlas con el entusiasmo que requiere la genialidad:

¿Esta tarea es tan fácil como parece?                                                                                                       ¿Tan sobrado voy de competencias?                                                                                                       ¿No podría plantearme mejoras, objetivos más ambiciosos, retos más motivadores que requieran más y mejores competencias de las que ya dispongo?

Si el aburrimiento y la angustia son los dos bromuros del fluir, la confianza y la pasión son los dos afrodisíacos. Y la fábrica de estas cuatro emociones es la misma: nuestras creencias. Y también el fabricante: nosotros. Es cuestión de decidir qué queremos empezar a producir en serie para nuestra vida.

IV. DEL QUÉ Y EL CÓMO AL PORQUÉ Y AL PARA QUÉ

“Quien tiene un porqué, acabará encontrando un cómo”, Viktor Frankl

Como vimos al hablar de los niveles neurológicos, el más profundo y determinante factor de nuestra satisfacción personal estriba en el sentido de identidad y misión de nuestra vida. Si conseguimos alinear nuestras conductas con nuestro sentido de quiénes somos y para qué queremos vivir, cualquier actividad es susceptible de transformarse en materia prima del flujo. Por muy nimia, aburrida, insignificante o penosa que pudiera parecer a priori.

Una anécdota atribuida a Miguel Ángel cuenta como el artista se sorprendió una mañana, durante la construcción de la catedral de Milán, al ver la expresión y la eficiencia de tres albañiles que participaban en su construcción. Los tres realizaban la misma tarea: colocar piedras una encima de otra uniéndolas con argamasa, pero los diferenciaba tanto la expresión de sus caras (uno triste y enfurruñado, otro narcóticamente ausente, otro embelesado y feliz) como su ritmo y calidad de trabajo (desde el más lento y estrictamente cumplidor al más rápido y perfeccionista). Acercándose a ellos, les formuló a los tres la misma pregunta: “¿Qué estáis haciendo?”, pero recibió tres respuestas diferentes. El más cariacontecido contestó levantando los hombros: “Coloco piedras y las uno para que no se caigan”; el ausente, sin inmutarse, dijo: “Levanto un muro”. El que parecía más feliz no dudó un segundo y contestó: “Ayudo a erigir las paredes de la casa de dios en la tierra”. Su tarea objetiva era idéntica; su manera de significarla subjetivamente, no. Y era ésta la que determinaba su satisfacción. Una satisfacción que ya sabemos que no depende de lo que hacemos, sino de como lo significamos.

El ser humano necesita un sentido más o menos trascendente a lo que hace, y el encontrarlo o no determina su grado de identificación o desapego respecto a la tarea que acometa. No hay mayor fuente de alienación que sentir como ajena la dedicación propia, y otro de los obstáculos infranqueables al flujo es la enajenación subyacente a la ausencia de sentido alguno de aquello que hacemos en y con nuestra vida personal y profesional. Viktor Frankl explica una técnica utilizada en los campos de concentración nazi para destruir la personalidad de los prisioneros más díscolos: llevar a cabo tareas, día tras día, sin el más mínimo propósito ni atisbo de finalidad (acarrear piedras de un punto A a un punto B durante la mitad de la jornada, para dedicar la otra mitad a devolverlas del punto B al A, por ejemplo). Según él, este suplicio era igual o más efectivo que el hambre o la tortura.

De todos los impedimentos al flujo ya mencionados, el más insalvable es la alienación, cuando sentimos que lo que hacemos y vivimos no tiene la más mínima relación con quiénes queremos ser ni para lo que queremos vivir. Pero, una vez más, toca resaltar que el alineamiento fruto de la incoherencia entre conductas, identidad y misión se basa en el conjunto de creencias que alberguemos sobre lo que hacemos y lo que somos, no sobre la actividad en sí. Exactamente igual que los tres albañiles de Miguel Ángel.

Ya dije que Tolstoi dijo que “hay dos maneras de ser feliz: o haciendo lo que uno quiere, o queriendo lo que uno hace”. Si las experiencias pico no aparecen ni por asomo por tu vida, tienes dos soluciones.

¿La más contundente? Reunir la determinación, el entusiasmo y el coraje para construirte una vida en la que mayoritariamente hagas lo que quieras. Para ello, dispones de todas las herramientas y métodos descritos en Qué es el Coaching y La vida como obra de arte.

¿La más rápida? Aprender a amar lo que vives, para lo que tal vez necesites replantearte tus creencias sobre el valor y trascendencia ontológica de lo que haces. Para ello puedes utilizar el siguiente set de preguntas a contestar con toda la honestidad, valentía e imaginación que sepas reunir:

¿Cuál es el sentido último de lo que hago?                                                                                           ¿Qué de crucial en mi vida me permite conseguir el hacerlo?                                                             ¿Para qué y quiénes lo hago? ¿Cómo serían sus vidas y la mía si yo no lo hiciera?                 ¿Qué dice de mí el dedicar tanto tiempo y esfuerzo a hacer lo que hago?                                 ¿En qué clase de persona /madre / profesional me convierte?                                                     ¿Qué pienso de mí por hacerlo?

V.LA ELECCIÓN PERSONAL DE LA SATISFACCIÓN.

Todos conocemos gente que es más feliz con la mitad que otros con el doble. Yo no soy quién para decirte si debes conformarte con esa mitad o lanzarte desbocado a por el doble. Eso sí: si quieres que tu vida sea digna de ser vivida, o te lanzas a por todo lo que creas que te haga falta para vivir a la altura de quién eres y para qué vives, o reencuadras tus creencias hasta encontrar razones para disfrutar de lo que haces y por lo que lo haces. Vivas lo que vivas, tienes la capacidad de transformarlo en una sucesión interminable de experiencias pico si aprendes a gestionar tus creencias sobre resultados y expectativas, dificultad y capacidad y sobre cómo contribuye eso que haces  con tu sentido de identidad y misión personal.  Hasta la existencia más ardua y complicada puede convertirse en una experiencia única y memorable si aprendemos a aprovecharla como se merece.

Como siempre, de la lucidez de tus creencias depende. Y recuerda que son ellas las que te pertenecen a ti, no tú a ellas. Si decides aprender a ponerlas a tu servicio –no tú al suyo-, estarás desbrozando el atajo más directo a una vida desbordada de experiencias pico.

Los atajos al flujo están todos ahí, a tu entera disposición, a poco que te atrevas a desbrozarlos. Anímate: merece la pena el esfuerzo de recorrerlos.

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