El Hábito SI hace al monje II: el veneno –antídoto de la mielina


“Las cadenas del hábito son demasiado débiles para sentirlas hasta que se vuelven demasiado fuertes para romperlas”, Samuel Johnson

Ya vimos en “El Hábito si hace al monje I” que somos lo que hacemos con la suficiente reiteración como para acabar conformándonos la personalidad, los gustos y las preferencias. Lo más fascinante de esta aseveración es que no es una mera especulación filosófica, sino una realidad biológica, pues las áreas del cerebro que determinan nuestras preferencias y gustos se ven modeladas en función de nuestras acciones y pensamientos recurrentes. ¿Cómo ocurre esto? ¿Podemos entender porqué seguimos haciendo cosas que nos perjudican, y no hacemos cosas que sabemos que nos ayudarían? ¿Y el saberlo tiene alguna utilidad práctica? ¿Nos ayudará a cambiar todo aquello que queramos cambiar? De empezar a aplicarlo, te garantizo que si.

1.MIELINIZACIÓN: la química que nos acaba convirtiendo en quienes somos

Todo pensamiento o acción (sea para alargar la mano, bailar una sardana, soltar una carcajada o pensar que soy un desastre o el puto amo) nace de la activación electroquímica de dos o más neuronas previamente conectadas. Y cada vez que repetimos esa acción o pensamiento reforzamos su conexión con una substancia mágica: la mielina, un aminoácido que recubre dicha conexión neural cada vez que la utilizamos. La progresiva mielinización refuerza las redes que conectan diferentes neuronas, y acaban por volverlas conductos más rápidos, mejor interconectados y de uso preferente. Así, cuanto más la utilicemos, más mielinizaremos esa conexión, y cuanto más mielinizada… más la utilizaremos, y una vez sobremielinizada, una red neural se activa con mayor rapidez y facilidad que el resto, volviéndose prioritaria. Es así como la sobremielinización, por su uso reiterado, de una determinada manera de pensar o actuar se vuelve tan automática e inconsciente que nos parece “espontanea”, como si brotara con naturalidad irrevocable de una presunta personalidad previa, esencial e inherente a nosotros.

El conjunto de redes neurales sobremielinizadas a lo largo de toda nuestra vida determina lo que hacemos, pensamos y sentimos, y todo ello es lo que venimos a llamar nuestra personalidad. Y claro, la personalidad determina nuestros gustos, preferencias y zonas de seguridad, y en función de lo que nos da placer o seguridad, así actuamos; y cuanto más actuamos de una determinada manera, más nos acostumbramos… ergo mayor seguridad nos aporta. Así acabamos construyendo nuestros hábitos, buenos o malos, tanto los que nos construyen como los que nos destruyen. Y recordad: primero nosotros formamos nuestros hábitos, pero luego ellos nos forman a nosotros.

Así hoy, aquí y ahora, eres como eres: un cúmulo de mielinizaciones previas, siendo tu personalidad presente el resultado de todo lo que has pensado, sentido y hecho en y con tu pasado. Y ante todo lo ya hecho (ergo lo que eres), todo el que carezca de una máquina del tiempo o disponga de un mínimo de cordura convendrá que poco o nada podemos hacer. Salvo alguno de esos embaucadores del 806 creyéndose investido de poderes sobrenaturales  a varios € el minuto, todos estaremos de acuerdo en que poco podemos hacer frente a ese pasado que, por reiteración, nos ha convertido en quienes somos

2.CONTRA LA IRREVERSIBILIDAD DEL PASADO, LA INVENCIÓN DEL FUTURO

Pero ante este hecho inapelable, podemos tomar dos actitudes:

a) Resignarnos a seguir siendo como siempre hemos sido, ya que es así como nos sentimos seguros o nos ha parecido siempre más lógico o más coherente con nuestra “personalidad”.

b) Decidimos en quien queremos convertirnos en el futuro y empezamos a pensar y actuar de manera coherente con nuestra decisión. Y lo reiteramos hasta que, por acumulación, esos pensamientos y conductas (al principio, forzados y “artificiales”) se transformen en esos hábitos que queremos consolidar porque, con el tiempo y una caña, nos irán convirtiendo en personas más sanas, agradables, inteligentes, atrayentes, asertivas… o aquello que queramos ser.

De optar por esta segunda opción, tendremos que tener muy en cuenta que, al empezar a hacer o pensar algo nuevo (o dejar de hacer o pensar algo viejo,) acostumbramos a sentirnos incómodos, tal vez torpes, con mucha probabilidad inseguros. ¿Por qué? Muy sencillo y biológicamente obvio: porque estamos dejando de utilizar redes neurales cómodamente mielinizadas, o empezando a utilizar conexiones casi inexistentes o pobremente mielinizadas. ¿Hasta cuándo durará esa sensación de torpeza, malestar o inseguridad? Pues hasta que, por el uso (frecuencia e intensidad), acabemos mielinizando las nuevas conexiones y desmielinizando aquellas antiguas que con tanta comodidad se activaban y tan sencillo era seguir (y por eso seguíamos utilizándolas, a pesar de irnos enfermando, apocando, limitando y/o amargando). Hoy te resulta cómodo y espontáneo actuar y pensar como actúas y piensas porque en el pasado lo repetiste hasta el automatismo, no porque tú o las cosas seas o sean así. Si quieres que en el futuro otros hábitos mentales y conductuales te resulten igual de naturales y espontáneos como los que ahora quieres cambiar, limítate a reiterarlos hasta que la mielina haga su trabajo. La personalidad, los gustos y las preferencias actuales las heredamos y las tenemos más allá de nuestra voluntad presente, si. Pero no las heredamos (o sólo también) de los genes, la educación infantil o los patrones familiares, sino de nuestros hábitos pasados.

Y que no te quepa la menor duda: de perseverar en esas nuevas cogniciones y conductas durante el tiempo necesario, éstas se convertirán en tus nuevos hábitos automáticos, tu nueva  personalidad “verdadera” y en tus gustos y preferencias “espontáneos”. ¿Cuál es el precio a pagar? La perseverancia y el deseo profundo de hacer oídos sordos a los cantos de sirena de los hábitos anteriores que tratan de embelesarte con sus promesas apócrifas de seguridad, razón o autenticidad. Al final, la voluntad de cambiar los hábitos o maneras de pensar que nos hacen sufrir nace de una decisión previa (inconsciente tal vez, pero impepinablemente tuya): “Qué voy a priorizar: ¿La comodidad del hábito adquirido o mis ideales por adquirir? ¿La seguridad a corto plazo o la realización a largo?”

Por supuesto, siempre es más cómodo y fácil seguir haciendo y pensando como siempre lo hayamos hecho. Y, mientras te haga feliz, me parece genial (¿Para qué cambiar lo que ya funciona?). Pero si descubres que un hábito mental o conductual te está haciendo sufrir, perjudicando gravemente y te provoca frustración (o te está impidiendo ser más feliz, o parecerte más a quien prefieres ser): ¿Por qué no cambiarlo? ¿Por qué dejar que un manojo de conexiones neurales rebozados en una substancia química determine lo que piensas, lo que haces, tu presente y tu futuro, quién eres para ti y para tus seres queridos? ¿Y todo por no pagar el peaje puntual de la incomodidad transitoria entre la desarticulación de un hábito limitante y la segura automatización futura de uno potenciador? ¿Por no pasar por el esfuerzo de desintoxicarnos de una determinada manera de pensar y actuar que nos perjudicaba, pero a la que estábamos cómodamente acostumbrados?

Creo que, tras leer esto, todos entenderemos mejor porque un adicto a la heroína o al juego sigue jodiéndose la vida por una substancia o conducta concreta, y porqué la mera comprensión intelectual de una conducta errónea no basta para solucionarlo. La mielina nos hace yonkies de nuestro propio pasado, pero por suerte nos abre las puertas de nuevos futuros a medida. Como todo en la vida: es cuestión de que la utilices tú a ella, no ella a ti. La misma mielina  que, al fijar tus hábitos, te encadena al pasado es la que te liberará al futuro que decidas crearte a partir de construirte nuevos hábitos conscientes, inteligentes y útiles que te vayan conformando como la persona que quieres ser para ti y el ejemplo que quieres ser para tus seres más amados.

 Elige. Y disfruta tu elección. Sus consecuencias serán tan tuyas como su autoría.

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