La proeza de la ilusión: construyendo el optimismo contra viento, marea y evidencias


Con la que está cayendo a nivel mundial, la indecente precariedad social de más del  20% de la presuntamente opulenta Europa, con las zancadillas de la biología y las irresolubles contradicciones del mero hecho de ser humano… ¿Es posible sentirse ilusionado por el futuro, satisfecho en el presente y feliz por el mero milagro de estar -todavía- vivo? ¿Es la ilusión un hallazgo fortuito o un logro personal contra viento, marea y evidencias? ¿Un inocente brindis al sol a base de ignorar la realidad o un acto de puro y radical realismo inteligente? ¿Se puede construir la ilusión y el optimismo sin por ello dejar de atender y entender los grandes dramas y limitaciones del ser humano y de la sociedad actual? ¿Se puede vivir feliz sin por ello tener que basarse en cantamañaneos positivistas de una insolvencia intelectual sonrojante por naïf y simploide?

Los que me conocéis en persona bien sabéis que nunca fui, precisamente, un optimista antropológico. Una vez analizado el mundo que entre todos estamos creando, me cuesta reprimir una cierta aversión al ser humano en general y la cultura occidental en particular. Por suerte cuento, como contrapeso a mis reticencias antropológicas, con mi amor por los individuos concretos en los que se encarna la especie, así como con una especie de sobrempatitis compulsiva por el sufrimiento ajeno que me ha salvado de las garras de una misantropía tan profunda que me hubiera dejado más cerca de metralletas y hamburgueserías que de libros y clases. Y si nunca fui un optimista antropológico, menos aún lo fui existencialmente. Mi curiosidad intelectual nunca me permitió según que alardes de superficialidad positivoide basada en mirar para otro lado al enfrentarme a los grandes dilemas y dramas de la existencia y la sociedad

Ser humano dista mucho de ser fácil. A poco que analicemos al ser humano con un mínimo de propiedad y amplitud de miras, el pesimismo parece tenerlo fácil para bombardearnos el ánimo desde múltiples ámbitos. ¿Cuáles son estos ámbitos, y de qué razones se arman para empujarnos al desánimo?

  1. LAS OBVIEDADES DEL PESIMISMO

NEUROBIOLÓGICAS. Tal y como vimos en “De Animales a Dioses”, el cerebro humano actual no dista mucho del de nuestros antepasados más paleohomínidos. Así que con un cerebrito biológicamente constituido para poco más que cazar y no ser cazado, tenemos que manejar los trillones de bites de información compleja que conllevan las exigencias de la sociedad actual. ¿Cómo no caer en la confusión, si el órgano que debería evitarla no da en principio para ello?

También vimos que la principal función del cerebro es detectar potenciales amenazas a la superviviencia. Y mientras en el medio natural estas amenazas siempre eran reales y conllevaban intensos pero muy puntuales repuntes de estrés (entre un ataque de un depredador o una manada rival y el siguiente podían mediar semanas o meses), la sociedad actual propicia incertidumbres económicas, sociales y vitales a cada segundo.  ¿Cómo no sentirnos estresados y angustiados, cuándo significamos como peligros mortales cualquiera de los millones de inquietudes modernas que nos asaetan a cada segundo? Presentes, futuras, futuribles, reales, inventadas, seguras o posibles… la lista es interminable si nos dedicamos a alargarla sin fin.

EXISTENCIALES. Cada cultura se ha inventado sus propios dioses, rituales adivinatorios de futuro, cosmogonías vitales y sistemas de creencias supranaturales: Dioses, Alás, Jehovás, Pachamamas, Ganeshas… la lista tira a infinita. Pero entre la miríada de deidades de las que el ser humano se ha dotado -todas formalmente muy diferentes-, subyacen tres elementos comunes: los dioses acostumbran a ser inmortales, omnipotentes y omnipresentes. Lo que me lleva a sospechar que al ser humano le repatea especialmente el hecho de ser mortal, de potencia limitada y tan sólo poder estar en un lugar a la vez. A los humanos nos jode enormemente el saber que moriremos (no sólo nosotros, sino todos los seres conocidos y queridos que nos rodean) y que ni el mundo ni los demás ni serán ni actuarán como yo considero justo, ético o lógico que sean o actúen (que, sospechosamente, acostumbra a coincidir con lo que a uno mismo le conviene, qué curioso).  Y, como guinda del pastel, por cada elección vital que realizamos… ¡Estamos descartando millones de posibilidades que nunca sabremos si nos habrían hecho tanto o más felices que la elegida! Con todo ello, ¿Cómo no sucumbir al desánimo, la impotencia o a la desesperanza?

SOCIOGEOPOLÍTICAS. Con un mínimo de información crítica y sensibilidad, no invitan al optimismo ciertos datos vergonzantemente ciertos: 82% del planeta bajo el umbral de la pobreza, gastos en armamento miles de veces mayores que en educación, millones de seres humanos asesinados por inanición o enfermedades fácilmente curables… En el Occidente dominador de este mundo, las cosas están infinitamente mejor que en el resto del planeta (sería insultante comparar nuestras injusticias con las del  resto del planeta), pero no por ello estamos para tirar cohetes ni dar lecciones a nadie. También aquí sufre cada día gente por eternas listas de espera, muchos tratamientos dependen del poder económico de quien los necesita, hay gente viviendo en la calle y miles de niños padecen malnutrición y su formación académica depende más del dinerito de los papás para extraescolares que de su propio talento y dedicación. Con todo ello, ¿Cómo no sucumbir a la rabia, al odio o a la violencia más visceral e ineficiente?

INDIVIDUALES. Si no tengo mal entendido, el día tiene 24 horas. De ellas, 8 trabajamos (¡Dios, y en el mejor de los casos!), 8 dormimos (¡Dios, quien se lo pueda permitir!) y de las restantes 8, gran parte las consumimos en ir y volver del trabajo, ponernos y quitarnos el pijama y atender prosaicas labores de mera subsistencia como la higiene, la alimentación, compras, pagos de facturas, etc. Así que, sacando cuentas, invertimos un tercio de nuestra vida en (sobre)vivir; otro tercio lo pasamos sin conciencia y el restante, copados por cotidianidades sin alcance alguno más allá de cubrir las necesidades mínimas para continuar vivito y coleando. Con todo ello, ¿Cómo no sucumbir a la rutina, la desidia y la desilusión?

Además, desde una visión individual de la biología humana, se dan algunas paradojas no demasiado cómodas. Si nos fijamos, de jóvenes contamos con cuerpos y caras que, tanto estética como médicamente, nos permiten disfrutar de salud y ciertas simetrías de rasgos y turgencias de miembros que, convencionalmente, vivimos como belleza o atractivo físico. Pero de jovencitos también acostumbramos a ir más que cortitos de dinero, y la falta de experiencia y sabiduría nos impele a soltar tonterías como panes y actuar con una inmadurez sonrojante. Por suerte. y si nos lo curramos mínimamente, con los años maduramos (?) y nos hacemos más responsables (??), racionales (???) y coherentes (????) y, si hacemos que el acierto personal limite los posibles caprichos adversos de la suerte, a partir de los ventitantos vamos adquiriendo un progresivo dominio de nuestros recursos económicos. Total: que cuando reboso salud y belleza, me falta dinero y sabiduría; y cuando reúno algo de sabiduría y dinero… empiezan a aparecer progresivamente arrugas, flacideces, especialistas e incontinencias varias. Con todo ello, ¿Cómo no sentirse con ganas de pedir el libro de reclamaciones?

  1. LOS PARAPETOS DE LA ILUSIÓN

Contra el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad”, A. Gramsci

Tal vez por todo ello, pasé gran parte de mi preadolescencia, pubertad y premadurez sumido en un cierto pesimismo de fondo, generalmente discreto, que recorría mi alma subterráneamente como contrapunto clandestino a mi vitalismo, compulsividad intelectual y bulimia vital. Aunque de natural vitalista e hiperactivo, hasta mi presunta madurez actual sucumbía a puntuales -pero virulentos- arrebatos de profundo desaliento. Y creo que razones –tal y como hemos visto- no me faltaban. Todo lo expuesto anteriormente sigue vigente en mi mente como paradigmas objetivos, realistas y algunos hasta empíricamente contrastables, y me niego a negar lo que objetivamente me resulta obvio en aras de la fabricación artificial de un optimismo de pies de barro basado en mirar para otro lado más que en afinar la mirada.

Entonces, ¿Qué ha cambiado en mí para, aún con todo ello presente, poderme declarar satisfactoriamente feliz y en paz conmigo, la vida y los demás? Sencillamente, que no he basado mi felicidad en fabricar razones para negar todo lo arduo, sino que me he centrado en encontrar, perfilar y pulir una batería de otras verdades (antagónicas o complementarias) tan ciertas como éstas… sólo que en vez de demolerme el ánimo, me lo apuntalan. Dejadme compartirlas con vosotros…

NEUROBIOLÓGICAS: de la Confusión a la Claridad. El día a día contemporáneo puede abrumarnos con toneladas de información, pero hoy en día tenemos recursos que antes ni soñábamos para poder afinar la cacofonía de demandas de la cotidianidad. Desde artilugios externos (agendas, móviles, ordenadores…) hasta habilidades y competencias personales (meditación, clarificación de valores, auditorías de creencias) que pueden ayudarnos a actuar en función de nuestras prioridades y no de los vaivenes caprichosos de una cotidianidad siempre apresurada, excesiva y arrolladora si no aprendemos a domesticarla.

Y del estrés y la angustia a la tranquilidad y la confianza. Por mucho que nuestro cerebro esté diseñado para encontrar (o inventarse) peligros, disponemos de herramientas clave (como la Inteligencia Emocional) para aprender a gestionar nuestras emociones. Tan sólo con saber que nuestro cerebro se inventará amenazas si no las encuentra, hacer listas de cuantos temores son presentes o sólo futuribles, cuantos reales y cuantos imaginados y cuantos (y cuan bien fundamentados) están la mayoría de nuestros miedos, éstos disminuyen progresivamente, a medida que mejoramos nuestra capacidad para no dejarnos secuestrar emocionalmente.

EXISTENCIALES: del desánimo, la impotencia y la desesperanza al orgullo, la motivación y la satisfacción. Cierto es, como decía Sartre, que nacemos muriendo. Es un hecho que cada segundo más lejos del principio es un segundo más cerca del final, pero la actitud y significación que demos a este hecho es una prerrogativa de nuestra libertad. Precisamente la conciencia de nuestra mortalidad puede ser el acicate definitivo para relativizar nuestras dificultades presentes, tan insignificantes ante la inmensidad de la muerte. La muerte puede ser, perfectamente, el revulsivo definitivo para vivir cada segundo como el milagro –único, irrepetible…efímero- que es. Con lo que me jode la muerte… me niego a desperdiciar mi vida, aún con todas las vicisitudes que comporte, incluidas las que no desearía vivir. Sócrates ya me lo chivó ahce muchos años: “A la muerte no se le puede tener miedo, porque cuando yo esté, ella no está. Y cuando ella venga, yo ya me habré ido”.

Así mismo, el hecho de que los demás no hayan nacido para actuar, pensar y sentir como yo crea que debieran, y de que la vida no esté ahí para otorgarme lo que yo considere justo, también es un acicate para aprender a llevarme mejor conmigo mismo (el único ser que siempre hará lo que yo le diga) y a relativizar tanto los premios como los castigos de la existencia. Los días que me levanto sin otro objetivo, siempre tengo uno: seguir aprendiendo a fortalecerme como para que mi felicidad no dependa de lo que hagan o digan los demás ni de los caprichos favorables o adversos del azar. Influir, no puedo evitar que lo uno y lo otro me influyan a la corta (y mucho), pero me niego en redondo a que determinen mi ánimo a la larga.

GEOPOLÍTICAS: de la Rabia, el Odio y la Violencia a la Esperanza, la Participación y el Cambio. La situación del mundo en su conjunto es, desde un punto de vista de decencia humanística, absolutamente inaceptable. Pero a pesar del monopolio informativo de los lobbies económicos, Internet, la globalización de la información y la progresiva conciencia como seres humanos nos llevan a conocer y no aceptar según qué crímenes (hambrunas en países que exportan alimentos, tráfico de personas, guerras por materias primas, explotación de menores, guerras creadas por lobbies armamentísticos, etc.) que antes la mayoría de la población ni llegábamos a conocer. La dimensión de los retos humanos a escala planetaria (empezando el planeta en el Banco de Alimentos de la esquina) es mastodóntica (para mí, hasta intimidante), pero nunca antes como hoy tantas personas hemos dispuesto de tantas herramientas (y tantas ansias por utilizarlas) para, como mínimo, forzar la hipocresía de los grandes poderes fácticos que hasta no hace tanto podían masacrar sin rubor alguno economías y personas y adueñarse impunemente de los bienes de todos.

INDIVIDUALES: de la resignación alienada a la ilusión continua. Es precisamente el desproporcionado espacio de tiempo que ocupa el trabajo en nuestras vidas el que me empujó, desde muy joven, a invertir tiempo, esfuerzo, ilusión e imaginación en inventarme maneras en las que el trabajo, lejos de ser una maldición bíblica, fuera una causa más –sino la principal- de realización personal. Precisamente porque nos ocupa, como poco, un tercio de toda nuestra existencia podemos (¿Debemos?) añadir una nueva ilusión que nos acompañe hasta el último de nuestros días: convertir nuestra faceta profesional en mucho más que una mera contraprestación económica para sobrevivir más o menos holgadamente. Me niego a ser una tuerca en un engranaje que sienta ajeno, me niego a que me exploten, me niego a que me alienen. E irlo consiguiendo cada vez un poquito más es una fuente inagotable de ilusión.

Y del resentimiento a la lucidez. El acumular años y el envejecer no tiene nada de malo per se, a menos que nuestros deficientes enfoques lo conviertan en un problema. Si, de adolescentes, apostamos nuestra realización y autoestima a la autonomía económica o a la sabiduría acumulada, sufriremos inútilmente (y lo digo por experiencia). De igual manera, si a medida que cumplimos años, basamos nuestra satisfacción personal en los cánones contemporáneos de belleza, el atractivo meramente estético o en la plenitud física, habremos comprado infinitos números en la lotería del resentimiento. Sabiendo que con los años iremos perdiendo el atractivo superficialmente estético y el bienestar físico, para mí no hay mayor reto lúcido – ni más ilusionante- que el de compensar ambos con cotas cada vez mayores de conocimiento, sensibilidad y curiosidad intelectual, social y vital.

No hay mayor reto que aprender a envejecer y morir sonriendo, y condición imprescindible para ello es aprender a pedirle a cada edad lo que puede ofrecer: a la juventud, vitalidad gratuita, atractivo, inconsciencia y barra libre de endorfinas; a la madurez, sabiduría, conocimiento, criterio y lucidez. Si entras en una pescadería a por filetes de ternera, te garantizo una enorme frustración como consumidor. Y eres libre de elegir hacerlo, y tanto. Eso si: no le eches la culpa al pescadero por vender lo que anuncia y no lo que tú has decidido que debería vender.

3. CONCLUYENDO…

¿Son más ciertas estas verdades que las anteriores? Yo, sinceramente, creo que no: como mucho, igual de inexactas y sobregeneralizadas, como toda conclusión humana. Pero a mí, además de nítidamente razonables, me sirven para vivir mejor. Yo no he venido al mundo a dejarme arrastrar por un pesimismo fácil y malgastar mi existencia por presuntas verdades existenciales. Pero tampoco puedo basar mi optimismo e ilusión en mirar para otro lado frente a según qué facetas incómodas de la existencia humana. Por dos razones principales: primero porque (en el mejor de los casos) obviar toda la información más dura me volverá superficial, bobalicón e intrascendente, carne de manipulación ideológica y/o vital. Y segundo porque (en el peor de los casos), la vida me pillará desprevenido. Tarde o temprano, habremos de enfrentar las cuestiones más espinosas de la existencia, y si antes de su llegada no hemos reflexionado inteligentemente sobre ellas, muy probablemente nos provocarán unas dosis de sufrimiento gratuito todavía mucho mayores de las que per se conllevan.

Ni dramitas de niño consentido, ni optimismo iluso con pies de barro. La mierda, en su lugar adecuado, se llama estiércol y es el más útil de los fertilizantes para hacer crecer abundantes lo mejor de nuestras cosechas. A nosotros corresponde colocarla en el sitio que mejor nos convenga.

Por todo lo expuesto anteriormente, la vida no sé si tiene sentido… más allá del de buscárselo. Y ni la queja pusilánime ni la bobaliconería superficial nos ayudarán a encontrarlo. Una vez más, os animo a construiros un optimismo que, en el mejor de los mundos, nos caería del cielo. En éste, no.

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