El valor de los valores… y el precio de no pagarlo


Imagínate que fueras un padre de familia, con una pareja encantadora a pesar de la erosión pasional de los años, con unos hijos a los que adoras y una vida que, no por predecible, resulta menos agradable.

Imagínate que, de pronto, reaparece en tu vida un antiguo amor de adolescencia que, con los años, mantiene intacta su belleza y la experiencia ha multiplicado exponencialmente su encanto.

Imagínate que vuelves a revivir lo que creías más que muerto, te enamoras como el adolescente que fuiste y te sientes sitiado entre interrogantes afilados como guillotinas. ¿Qué debo hacer? ¿Qué es lo correcto? ¿A quién traiciono: a mi familia o a mí? ¿Cómo ser un buen padre y pareja y no por ello tirar por la borda mis sueños? ¿Qué ejemplo daré a mis hijos si cambio? ¿Y si no lo hago?

E imagínate que, siendo Coach personal, te llega esta persona como cliente pidiéndote consejo sobre qué decidir. No sólo es un cliente, también es un amigo de décadas al que hacía unos años le tenías perdida la pista, pero no los afectos. Y además, vive a miles de kilómetros de distancia, por lo que ni puedes visitarlo como Coach ni acompañarlo como amigo, y sólo podrás comunicarte con él por mail y skype.

¿Os habéis visto en una situación como la de mi cliente? ¿Qué haríais? ¿Cómo decidiríais qué hacer? Quiero compartir con vosotros la carta que le envié para intentar ayudarle a tomar la decisión que mejor le permitiera seguir con su vida. Y quiero hacerlo para mostraror un ejemplo práctico de cómo aplicar, en una situación concreta, las técnicas de toma de decisiones que he compartido contigo en los últimos dos posts Entre el sentimiento y la razón: el arte de decidir… con valor y Valor y precio de los valores.

Querido amigo:

Creo que puedo ayudarte desde dos perspectivas: Como Coach y como Amigo.

Como Coach yo no aconsejo, así que te haría preguntas para que tú encontraras tus propias respuestas. Pero poco puedo dialogar contigo en un mail.

Como amigo, puedo compartir contigo lo que yo pienso al respecto, para que cojas de mi experiencia y mis ideas lo que te venga bien y hagas con ello lo que buenamente te plazca. Así que te propongo: te escribo como amigo ahora y, si quieres, te atiendo como Coach este fin de semana por Skype.

Pues como amigo, puedo compartir cotigo como yo lo enfocaría:

1. Antes de empezar siquiera a plantearte respuestas, vigila –y mucho- qué tipo de preguntas te haces. Yo de ellas eliminaría verbuchos y palabrejos tales como:

a) “Deber”, “tener que” o cualquier otro que conlleve el más mínimo sentido de obligación. No te intentes engañar: estás en una situación en la que debes elegir, y de nada te servirá intentar camuflar tu responsabilidad bajo supuestos imperativos morales. Como te desarrollaré más adelante, eres impepinablemente libre, y en tu decisión ejercerás tu libertad… lo quieras o no.

b) “Lo correcto”…como si hubiera una manera universal y apersonal de decidir. “Lo” correcto no será otra cosa que lo que TÚ consideres correcto en función de unos criterios y prioridades que sólo TÚ puedes establecer. Y esos criterios, para adaptarse como un guante a tu vida, han de ser insoslayablemente personales e intransferibles. Ni a ti te servirán los de los demás, ni a los de los demás los tuyos.

c) “¿A quién traiciono?” Pues a nadie: aquí no estamos hablando de honrar pactos sagrados sino de tomar las decisiones más pertinentes. Y, dado el contexto (enamorado de tercera persona / familia e hijos), causen el mínimo daño posible en primera y tercera persona. Si la elección se reduce a traicionarte a ti o a tus seres queridos, ni sueñes con sentirte bien. Es tu propia pregunta, y no la situación, la que te condenaría al sufrimiento decidas lo que decidas.

Respecto a la cuestión en concreto…

a) No sé como ser buen padre y pareja, pero si sé dos maneras de acabar siéndolo pésimo:

Una, sintiendo que has destrozado tus sueños por ellos. Créeme, todos acabamos pasando cuentas, echando en cara todo aquello que nos sentimos “forzados” a hacer por los demás (voluntaria o involuntariamente, consciente o inconscientemente), y ésta es la mejor manera de envenenar una relación (y más aún, la de pareja y familia).

Y dos, no siendo tú mismo feliz. No hay peor ejemplo para tus hijos que el de sentirte un amargado anegado en resignación mal llevada y envenenado por reproches propios y ajenos. No hay fórmula mágica para enseñar a nuestros hijos a ser felices, pero sí para enseñarles a ser unos mediocres: dándoles ejemplo de inconsecuencia e impotencia vital. Ser uno feliz no es garantía de que nuestros hijos lo serán, pero si condición sine qua non. Créeme si te digo que la mejor inversión en su felicidad es invertir en la tuya propia.

Aquí los interrogantes son: Si decides renunciar a tu pasión por tu familia, ¿Podrás ser feliz? ¿Te respetarás a ti mismo? ¿Serás capaz de NO tenérselo en cuenta JAMÁS? Cuando en la adolescencia tus hijos pongan distancia contigo o vayan a su bola como todos hemos hecho, o si sus elecciones y modos de vida no se corresponden con lo que tú querrías que tuvieran (por su bien, o por el tuyo)… ¿Serás capaz de no reprocharle tus “sacrificios” pasados ni coartar su libertad con ellos? Si la respuesta es “Sí, sería capaz”, entonces plantéate si priorizar la estabilidad de la familia sobre tu pasión; si la respuesta es “No, se lo acabaría teniendo en cuenta”, entonces ni empieces a hacerlo.

b) Si decidieras renunciar a tu pasión por no dañar a tu actual pareja (a la que me cuentas que todavía quieres inmensamente, aunque con un amor más fraternal que erótico), ¿Serías capaz de no tenérselo en cuenta si alguna vez, en una situación parecida, ella decidiera no decidir cómo tú e ir en pos de la pasión que tú ahora libremente te niegas?

Uniendo el tema de tu pareja y tus hijos, permíteme admitir que no tengo ni puñetera idea de cual es el entorno familiar adecuado para la felicidad de tus hijos, pero si sé cual sería el peor de todos: Que sientan que sus padres se odian a muerte, que cada vez que se encuentran es un fusilamiento de miradas, un duelo de odio mal contenido y peor disimulado. Aquí la pregunta es: ¿Serás capaz de sacrificar tus sueños sin odiar a quien te ha “obligado” (las comillas no son casuales, ni mucho menos) a hacerlo? ¿Podrás renunciar a tu pasión y no culpar a tu pareja actual de desvelar tus sueños? ¿Podrás quedarte con ella y no recriminárselo cada segundo que la veas, verbal o no verbalmente, directa o sutilmente? Igual que antes, si la respuesta es: “Sí, seré capaz”, plantéate la respuesta; si la respuesta es “NO, la odiaría a muerte”… Match-Ball, ni sigas pensando.

c) No tengo ni idea de qué te conviene decidir, pero si de qué no: AQUELLO QUE TE HAGA SENTIR PEOR. Y en esta decisión, te aconsejo apartar topicazos y clichés sobre la generosidad y el sacrificio. Sartre dijo que “Estamos condenados a ser libres” (no podemos no elegir, incluso jugar a no hacerlo es ya una elección… tan libre y de la que somos tan responsable como de cualquier otra); yo añado que “Estamos condenados a ser Egoístas“. Todo lo que hagamos, lo haremos porque pensamos que nos hará sentir mejor – o menos mal- a nosotros mismos.

Libérate de complejos judeocristianos de martirología manida y atrévete a reconocer que ELIJAS LO QUE ELIJAS, LO HARÁS POR TU PROPIO BIENESTAR. Si decides ir por tu sueño, lo decidirás porque en el balance final creerás que pesará más el HABER de tu pasión que el DEBE de dejar atrás tu actual relación de familia; Si decides mantener tu estructura familiar como si nada hubiera pasado, lo harás porque en ese balance final te pesará más el DEBE de tu estructura familiar actual que el HABER de tus sueños. Decidas lo que decidas, lo decidirás por  y para ti, aunque lo decidas basándote en la repercusión de tus actos en los demás. No te cuentes milongas (o sí, pero ni por un segundo te las creas): si decides priorizar lo que crees que causaría menos dolor a tu pareja y/o hijos, en el fondo no lo harás por ellos, sino POR TI, pues su presunta “infelicidad” te resultaría A TI insoportable. Tú tienes hijos y yo no, así que qué te voy a contar que no sepas mejor que yo: ¿Quién disfruta más los regalos que les haces, ellos o tú? ¿A quién hace más feliz una carcajada suya, a ellos o a ti? ¿A quién le duele más un dolor suyo, a ellos o a ti? No hay sentimiento más egoísta que el amor, e imagino que no hay amor más grande que el de un padre o una madre por sus hijos. Ergo…

Me permito aconsejarte también: tomes la decisión que tomes, no la lastres con victimismos propios o ajenos:

a) Si crees que MANTENER TU ACTUAL ESTRUCTURA DE FAMILIA te AMARGARÍA MÁS de lo que te endulzaría ir en pos de tu pasión y decides quedarte, SERÍAS UNA MIERDA DE PADRE Y PAREJA, y de quedarte amargado tu presencia les restarías  mucho más de lo que sumaría. QUEDARTE CON ELLOS PARA RESTARLES MÁS DE LO QUE LES SUMAS… ¿Al precio de no vivir tus sueños? Para ese viaje, no hacen falta alforjas…

b) Si crees que CAMBIAR TU ACTUAL ESTRUCTURA DE FAMILIA te AMARGARÍA MÁS de lo que te endulzaría vivir tu pasión y decides lanzarte en pos de tus sueños… PUES SERÍAS UNA MIERDA DE AMANTE, y mejor (eróticamente) no amar que amar mal. IRTE PARA NO APROVECHAR TU NUEVA VIDA… ¿Al precio de sentir que abandonas a tu familia? Para este viaje, ya no hace falta ni burro…

c) Te aconsejo que te lo plantees NO desde el ¿A QUÉ RENUNCIO: A MI PASIÓN O A MIS HIJOS? ¿QUÉ ME AMPUTO: MIS SUEÑOS O MI SATISFACCIÓN POR SER EL PADRE QUE QUIERO SER?, sino desde el ¿CON QUÉ VOY A LLENAR MÁS MI VIDA: CON MI PASIÓN O CON MI ACTUAL FORMATO DE FAMILIA? ¿QUÉ VA A DAR MÁS SENTIDO Y SATISFACCIÓN A MI VIDA? Si te fijas en lo que te APORTARÁ cualquiera de las dos elecciones, elijas lo que elijas serás feliz; Si te fijas en lo que te QUITARÁ cada opción, te garantizo una profunda infelicidad  decidas lo que decidas

d) Pero amigo, eso si: DECIDAS LO QUE DECIDAS, UN PRECIO TENDRÁS QUE PAGAR, ALGO PERDERÁS, y tendrás que aprender a vivir con el peso de esa pérdida. Si eliges quedarte igual, descartarás reeditar esa pasión con la que sueñas; si decides irte, descartarás ese rol familiar para con el que te sientes tan obligado. Es lo que tiene elegir, es lo que tiene ser humano: cada elección que hagamos… conlleva millones de descartes (elegir lo que hago = descartar los MILLONES de cosas que podría hacer…).                                                                       Ni se te ocurra cometer la sandez de intentar comprar uno de los dos productos… y no pagar el precio que cada uno lleva en la etiqueta. Hacerlo se llamaría robar, y quien roba se llama chorizo (en este caso, existencial, pero chorizo al fin).

CONCLUYO, QUE SE NOS HACE TARDE…

a) LA SABIDURÍA DE TU DECISIÓN NO RADICARÁ EN LAS RESPUESTAS QUE ENCUENTRES, SINO EN LAS PREGUNTAS QUE TE HAGAS. UN TIPO DE PREGUNTAS TE CONDENARÁ DE ENTRADA  AL DOLOR; OTRO, A LA PAZ (independientemente de la respuesta).

Si tus preguntas son del tipo “¿QUÉ BRAZO ME ARRANCO PARA SIEMPRE, EL DERECHO O EL IZQUIERDO?, cualquier respuesta te generará desde TRISTEZA soportable hasta DOLOR INSUFRIBLE . Si te preguntas sobre amputaciones… ¿Cómo no vas a sentirte manco, de un brazo o de otro? ¿Y cómo narices puede uno ser feliz pensando que se tiene que arrancar un brazo? De cajón…

Si tus preguntas son del tipo “¿QUÉ BRAZO DECIDO PRIORIZAR, QUÉ BRAZO ME HARÁ MÁS FELIZ UTILIZAR AHORA, EL DERECHO O EL IZQUIERDO?, te respondas lo que te respondas, te generará desde una MELANCOLÍA asumible a una PAZ ILUSIONADA. Y lo más importante: este tipo de pregunta habilita otras de verdaderamente cruciales y potenciadoras. Una vez elegido un brazo, ¿Qué puedo inventarme hacer para atender lo máximo posible el brazo descartado? Si me quedo en familia, ¿Qué puedo hacer, dentro de lo posible dado el contexto elegido, para vivir con pasión?; Si decido cambiar, ¿Cómo puedo ejercer de padre y expareja lo mejor posible?

b) No confundas sacrificio con cobardía, ni apasionamiento con impulsividad. No es lo mismo altruismo que adicción a la seguridad. Créeme si te digo que no te conviene hacerte trampas al solitario, por mucho que en el momento te alivie como justificación. Elije en función de TUS VALORES PRIORITARIOS (y claro, antes, entérate bien de cuáles son) y no te olvides que cada valor demanda un precio por vivirlo: Si eliges seguridad, no te quejes de falta de pasión o exceso de previsibilidad; si eliges aventura y pasión, ni se te ocurra quejarte de la incertidumbre y los posibles riesgos que conlleve. Repito: tú eliges el producto, no el pagar el precio en el que estén tasados. ¿Me equivoco si adivino que tú, como yo, quieres el producto pero sin pagar su precio? Probablemente no…

Amigo más que cliente, decide, pero decide por ti. Para ti. Recuerda que la primera obligación de un padre es demostrarles a sus hijos, con su propio ejemplo, que la vida es una aventura digna de vivirse. Y que la congruencia entre valores y acciones es el pórtico a la autenticidad, y ésta a la felicidad. Y que sean lo que sean en la vida, su misión en ella es ser tan felices como puedan para contagiar su felicidad a sus seres amados.

Recuerda que no educamos con discursos, sino por los modelos y conductas que les ofrecemos. Si tanto te importan tus hijos, atrévete a preguntarte: ¿Qué modelo quiero ser para ellos? Elígelo conscientemente… y encárnalo en tu decisión. Y disfrútalo con el orgullo que se merece: es tu decisión, la de un humano limitado e imperfecto, pero íntegro y valiente como para pagar, con una sonrisa, el precio de sus decisiones.

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2 comentarios en “El valor de los valores… y el precio de no pagarlo

  1. En mi humilde opinión, una historia del pasado, bien fuera consumada o no, si está cerrada no despierta en la persona ni el más mínimo sentimiento ni resquemor. Si este chico del que hablas se ha sentido así al reencontrarse con ese antiguo amor, es o bien porque esa historia no se consumó en su día y siente esa necesidad de experimentar el “¿qué hubiera sido de mi vida si…?, o bien, porque aún habiéndola consumado, nota que fue insuficiente, que esa otra persona le fue arrancada de su vida en contra de su voluntad por los incontrolables azares del destino.
    Estoy cada vez más convencida de que la cultura judeo-cristiana, en su afán por presentarnos la monogamia como una virtud y como la única opción posible dentro de una vida ordenada y civilizada, nos ha vendido la moto.
    Eso no es más que un cuento chino. Si bien no todo el mundo defenderá a capa y espada el simultanear varias parejas a la vez, no negaremos que lo del amor para toda la vida es una farsa y que este sentimiento tan universal tiene fecha de caducidad.
    Pongamos por caso que después de dos, tres, cuatro años a lo sumo, un buen día el amor que sentías o creías sentir por tu pareja se esfuma. Así, sin más. Y se transforma en otra cosa. Aparece alguien sin avisar, y sin pedir permiso pone tu vida y tu mundo patas arriba. Un sentimiento tan grande que aún sin entenderlo, sientes que no puedes controlar.
    ¿Por qué esa persona precisamente? Si no es ni la más perfecta, ni la más compatible contigo, ni la más bella físicamente, ni seguramente, tendréis muchas cosas en común ni será, como diría tu madre, la que más te convenga. No tengo ni idea. Eso deberían decirlo los expertos. Aquellos que estudian los más recónditos secretos de la psique humana.
    Y días tras día notas que mueres de amor por esa persona, que no importa lo que te digan, lo que te adviertan sobre ella, lo que pese en ti el sentido de la responsabilidad y de la culpa. La culpa por estar transgrediendo las normas, aunque solo sea con el pensamiento. La deseas y punto. Aunque nadie pueda entenderlo.
    Y llega el momento de tomar las decisiones. Y te invade el miedo. El miedo a no ser correspondida. El miedo a ser correspondida pero no como tú quieres o crees que mereces. El miedo a que te hagan daño. El miedo a que todos esos rumores sobre la maldad de esa persona en cuestión sean ciertos. El miedo a ser el mismísimo diablo en persona si dejas a tu pareja. Eso no está bien. Otra moto vendida.
    Y te armas de valor y se lo dices, se lo confiesas. Pero al tuyo, no al otro. “Te dejo, me he enamorado de otro”. “¿Es que no ves que te va a hacer daño? ¿Es que no ves que estás siendo una ingenua? Y ese miedo al final te gana la partida. Y decides seguir con tu vida; con todo el dolor de tu corazón arrancas a esa persona de ella, aunque te mueres por tenerla ahí, por como dice la canción “conocerla, saber qué es lo que piensa, abrir todas sus puertas y vencer esas tormentas que nos quieran abatir”. Y años después, superado ya ese sentimiento que te esclavizaba y del cual querías huir, cuando casualmente esa persona reaparece en tu vida, aunque haces tuyos los versos de Neruda, aquellos de “ya no la quiero es cierto, pero cuanto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído” y sientes con nostalgia que te hubiera gustado, aunque solo fuera por curiosidad, saber qué hubiera sido de tu vida si… Si simplemente hubieras tenido el valor de decirle a esa persona lo que sentías, sin pretender cambiar su vida. Como mínimo el resultado habría sido no haber llevado una carga pesada encima durante tantos años. Sin duda, creo firmemente que no nos arrepentimos de aquello que hacemos, sino en definitiva, de aquello que no hacemos.

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