Valor y precio de los valores


“Al imbécil, le señalas la luna y mira el dedo”, Proverbio japonés

“Sólo el necio confunde valor y precio”, refranero castellano

En el post anterior sobre toma eficiente de decisiones, vimos que una de las patas son las emociones, de las que ya hablé El Lujo del Pesimismo. De la otra pata, los valores, pretendo hablar aquí para ayudar a comprenderlos y utilizarlos a la hora de dar forma a nuestras decisiones en particular y nuestra vida en general.

Reputación, Originalidad, Comodidad, Solidaridad, Seguridad, Salud, Superación o Familia son algunos ejemplos de los miles de valores que pueden guiar nuestra existencia. Pues eso son los valores: la brújula que guía nuestras conductas, objetivos, preferencias y modus vivendi. Seamos o no conscientes de ello, sepamos o no cuáles son, actuemos en congruencia con ellos… eso ya es otro tema.
Todo lo que elegimos vivir o hacer, todo lo que pensamos o sentimos viene de nuestros valores esenciales. Los valores son aquello que realmente deseamos al desear lo que deseamos. Todo objetivo vital, todo lo que ansiamos (desde un trabajo a un coche pasando por una pareja o un grupo de amigos), no son más que medios a través de los que podemos satisfacer nuestros valores más importantes. Un proverbio persa dice que “No es la teta la que te alimenta; es la leche”. Un bebé hambriento puede estar convencido que desea llevarse a la boca el pezón de un pecho de su madre pero, obviamente, lo que realmente desea es la leche que espera que emane de él. Aún más: el bebé no quiere realmente la leche materna, sino saciar la inquietud que le produce el cosquilleo desagradable del hambre.

Este mismo principio rige a cualquier edad. Al desear un vaso de agua, lo que realmente queremos es hidratarnos para saciar la sed. Análogamente, al querer algo, lo que realmente deseamos son los efectos que prevemos tendrá el conseguir ese algo deseado. Si buscamos pareja, lo que realmente queremos es satisfacer algún valor como compañía, seguridad o familia; al querer ganar más dinero, tal vez buscamos reconocimiento, realización personal, seguridad material, etc. Aquello que deseamos es el dedo. Los valores, la luna.

Muchos autores definen la felicidad como el estado resultante de satisfacer nuestros valores más esenciales. Cuánto más prioritarios son los valores que satisfacemos en nuestro día a día, y cuánto más profundamente lo hacemos, más realizados nos sentimos. Lamentablemente, al revés funciona igual: cuanto más tiempo y energía dedicamos a valores secundarios o incluso contrarios a nuestros valores esenciales, más insatisfechos nos sentimos. Feliz será aquella persona que si sus valores son la superación, la naturaleza y la familia, pues vive en el medio natural, tiene unos trabajos y hobbies que le exigen aprendizaje y superación continua y dispone de mucho tiempo de calidad para su familia. ¿Obvio, verdad?

Así que si la clave de la felicidad estriba en vivir diariamente nuestros valores esenciales, y cuánto más profundamente mejor, intuyo que el camino más certero a la satisfacción es diseñarnos una vida que, poco a poco, nos permita experimentar esos valores más a menudo y con más intensidad. Y, obviamente, llegar a vivir nuestros valores más y mejor requiere como primer paso el saber con toda certeza cuáles son esos valores que quiero satisfacer para sentirme plenamente realizado. La pregunta que abre todo el proceso de convertir nuestra vida en la que siempre soñamos que fuera es clara: ¿Cuáles son mis valores esenciales?

Déjame preguntarte: ¿Conoces tus valores esenciales? Podemos responder a esta pregunta crucial de dos maneras:

a) Divagando en abstracto y apelando al arsenal de correcciones políticas u obviedades previsibles habituales. De hacerlo así, es bastante probable que nos surjan espontáneamente palabros tan presentables como “solidaridad”, “amor”, “integridad”, “alegría”, “superación”, “esfuerzo”, “sacrificio”, etc. En fin, todos esos valores que, caso de dar una rueda de prensa, quedaríamos de coña al decir que son nuestras principales brújulas vitales.

b) Observando nuestras conductas, e infiriendo de su análisis qué valores les subyacen. ¿Qué hacemos preferentemente? ¿A qué dedicamos más tiempo en nuestra vida? ¿Qué atendemos prioritariamente? ¿Qué demuestran los actos y hábitos que elegimos frente a una disyuntiva? De facto, en mi día a día ¿Qué estoy priorizando? ¿Dinero, seguridad, familia, aventura, comodidad, estabilidad, sorpresa, previsibilidad…?

En un proceso de Coaching (o de Autocoaching, como el que en el fondo os propongo), yo aconsejo respondernos de las dos maneras. De la primera, al reflexionar teóricamente, podremos descubrir nuestros valores ideales: aquéllos que creemos tener o realmente nos gustaría tener. La segunda opción nos permitirá descubrir si nuestros presuntos valores están presentes en nuestra vida (o hasta qué punto) y si rigen nuestra conducta o no. Al comparar esos valores idealmente nuestros… con nuestra agenda, prioridades, hábitos y conductas cotidianas… ¿Hasta qué punto se ven reflejados esos valores? Un observador imparcial, ¿Diría que son esos valores los que rigen nuestras conductas cotidianas y objetivos a largo plazo? Al analizar tus acciones, objetivos y deseos… ¿Qué valores subyacen? ¿Se parecen en algo a los que manifestabas tener?

Comparar ambas opciones puede arrojarnos  cuatro  resultados posibles:

a) Tu vida, conductas, hábitos, preferencias y cotidianidad reflejan en gran medida tus valores ideales… por lo que te sientes profundamente realizado. En este caso, ¡Enhorabuena! No me cabe la menor duda de que, a parte de una persona inmensamente afortunada, debes de sentirte rotundamente satisfecho en tu vida. Chapeau! Toda mi admiración y envidia: de mayor, quiero ser como tú. Si estuviera en tu pellejo, yo no haría grandes cambios en mi vida: como mucho, inventarme nuevas maneras para hacer más lo que ya hago y vivirlo todavía más intensamente.

b) Tu vida, conductas, hábitos, preferencias y cotidianidad no reflejan tus valores ideales, y te sientes profundamente alienado, como si tu vida no acabara de tener sentido, sintieras que la padeces más que disfrutarla o que estás viviendo como un impostor bajo tu propia piel. En este caso, te aconsejo diseñarte un plan de acción como para que tus conductas respondan coherentemente a tus valores y tu hacer te permita empezar a vivir cada vez más y más intensamente aquello que valoras.

c) Tu vida, conductas, hábitos, preferencias y cotidianidad no reflejan tus valores ideales… ¡Pero te sientes la mar de bien! Perfecto, entonces. Sólo un detallito: si así sucede, entonces los valores que creías esenciales en tu vida… no lo son ni de coña. Aquí yo tampoco cambiaría nada, ya que ya eres feliz. Eso sí: utilizaría esta información para conocerme un poquito mejor y dejar de darme gato por liebre, no vaya a ser que en algún momento de tu futuro te veas obligado a elegir… y escojas el camino de lo que creías valorar y no el de lo que realmente valoras.

d) Tu vida, conductas, hábitos, preferencias y cotidianidad reflejan tus valores ideales… pero te sientes profundamente defraudado e insatisfecho. Aquí también hay algo que no cuadra, y toca replantearse esos valores ideales que, en el fondo, parece ser que no son los que te motivan ni satisfacen. Yo, en este caso, me lanzaría a tumba abierta a descubrir cuáles son esos valores que me llenarían, pero que no conozco (o, por creencias limitantes, no me permito descubrir).

No sé si recordáis un famoso anuncio que explicaba involuntariamente las claves de nuestra ineficiencia al manejar los conflictos entre valores y conductas. El anuncio, de una bollería industrial más que famosa, vendía las supuestas bondades de un bollo con chocolate dentro y concretaba su utilidad en el slogan “Porque a veces, o falta chocolate o sobra pan” (sic). Evidentemente, es exactamente lo mismo, y eso es lo que nos ocurre a menudo al plantearnos cambiar conductas o cambiar valores (por lo que no hacemos ni lo uno, ni lo otro). Y nos acaba sobrando chocolate Y faltando pan.

Desde mi Coaching (lo que hagan los demás es asunto suyo, bastantes tonterías cometo yo como para echarme a las espaldas las ajenas, que en este sector abundan tanto o más que en cualquier otro), el trabajo con valores se basa en armonizar conductas con valores, para que ambos remen en la misma dirección. Ante conductas que no responden a nuestros valores, o actualizamos nuestros valores o cambiamos nuestras conductas. La decisión final de hacer lo uno o lo otro será siempre única y exclusivamente del cliente, y yo me limito a arrojar luz sobre estas incongruencias y facilitar una metodología que ayude a implementar planes de acción para subsanarlas. El qué, el cómo, el cuándo y con quién será una decisión ineludiblemente personal del cliente. Mi responsabilidad es la eficiencia del proceso; la del cliente, sus decisiones.

A título individual tengo mis preferencias y escalas éticas, pero como profesional o amigo para mí no hay valores mejores o peores per se. Yo no soy nadie para decirle a un cliente que tenga la salud como valor esencial, mientras se fuma dos paquetes de tabaco diarios, si ha de dejar de fumar o cambiar sus valores esenciales. Pero como Coach, haré todo lo que esté en mi mano para que el cliente entienda (e intente subsanar) la garrafal inconsecuencia que supone sufrir por la propia salud y al mismo tiempo zumbarse 40 cigarrillos al día. Y yo no sé a vosotros: a mí este tipo de conflictos sonoramente estúpidos me suceden bastante más a menudo de lo que me apetecería confesarme. En concreto, cada vez que voy con el piloto automático…

Dejadme acabar con un último matiz. Recordad que “Sólo el necio confunde valor y precio”. Si nos embarcamos en un proceso de integración de valores y conductas, no siempre será fácil. Sí, como todo en la vida… tendrá un precio. Si quiero priorizar el valor salud, tendré que cambiar hábitos malsanos, y ello conllevará al principio cierta dosis de incomodidad (inherente a todo cambio de hábitos); Si quiero priorizar aventura, tendré que sacrificar esa ansia compulsiva de estabilidad que también deseamos.

Todo en la vida tiene un precio. Cambiar: esfuerzo, desafío y violentar hábitos tal vez muy arraigados… amén de ciertas dosis de incertidumbre. No cambiar: seguir como hasta ahora, incluyendo aquellos aspectos de nuestra vida que menos nos satisfagan… amén de ciertas dosis de resignación e impotencia.

Una vez más, eres libre de escoger el producto… pero no su precio. Lo único que me atrevo a aconsejarte es que elijas en función de tus verdaderos valores esenciales. Ah! Y que no confundas el valor que obtendrás al cambiar con el precio a pagar por hacerlo. Recuerda que sólo lo hacen los necios, y que el Coaching es una herramienta para intentar serlo cada día un poquito menos. Con humildad y constancia, a partes iguales.

A veces el precio puede ser muy alto, pero si el beneficio es aún mayor, estamos hablando de una gran inversión. Te deseo que inviertas en valores. En los tuyos, concretamente. Y que antes de hacerlo, te tomes la molestia de descubrirlos más allá de lo que hasta ahora, por lucidez, miopía o pereza, te parecían obvios. Felices contradicciones: espero que disfrutes resolviéndolas… a base de mirar la luna y no el dedo.

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