El milagro de la cordura


Hace décadas, una de mis escritoras favoritas era Carmen Martín Gaite (de la que os recomiendo leer prácticamente todo, a pesar de haber sido loada como su supuesta escritora de cabecera por alguna muy ilustre cazurra cuyo nombre no me apetece recordar).

La primera novela que leí de ella me atrapó desde su título: Lo Raro es Vivir. En ella aprendí que Vivir (lo que se dice vivir con mayúsculas, más allá de ir dejando que los minutos resbalen insípidos por nuestros relojes) no es un derecho adquirido por el mero hecho de mantener ciertas constantes vitales que caracterizan a los no cadáveres, sino todo un triunfo –y muy inusual-. Concretamente, el mayor de los logros existenciales, tan sólo al alcance de aquellos que se atrevan a ilusionarse y perseguir sus ilusiones sin la menor concesión a la pereza, las excusas o el miedo al miedo.

A mis veinte años andaba lejos de saber que, respecto a la cordura, estábamos en las mismas. Más allá de que caigamos o dejemos de caer bajo la etiqueta psiquiátrica de la patología de moda, la cordura no es un estado obvio que se mantiene sólo, sino el mayor de los logros a los que podemos aspirar. Y tan inusual como, amén de estar vivo, estar Viviendo. Sí, lo raro como humanos (y del siglo XXI)… es no estar como un cencerro. O toda una orquesta de ellos.
Como ya compartí con vosotros en varios post anteriores, una de las muchas razones para dedicarme al Coaching y la Formación es mi fascinación por la enrevesada dualidad del ser humano, tan primario, instintivo y pragmático como cualquier reptil o mamífero y tan diferente a cualquier otro animal, primates incluidos. En los post Entre la Manada y el Egocentrismo y Entre la Insatisfacción y el Miedo ya me explayé sobre la bendita dualidad del ser humano, en perpetuo conflicto entre sus más conservadores y pragmáticos instintos de preservación escuetamente física (reproducción, asegurar la comida, aversión al cambio, apego sumiso a los dogmas de la manada a cambio de pertenencia y seguridad…) y sus impulsos de realización mucho más allá de la mera supervivencia física y genética (satisfacción individual, realización, soledad creativa, sentido existencial…). Son muchos y onerosísimos los precios que hemos de pagar por esa dimensión “divina” que el ser humano añade a su mera animalidad, y los principales son las dudas, miedos y confusiones inherentes a su manera simbólica, abstracta y subjetiva de significar su realidad (ver los post Si no lo creo, no lo veo y La invención de la Realidad).

El ser humano (ese animal como cualquier otro al que le dio por estirar la espalda, dejar las manos libres y empeñarse en encontrar formas de ocuparlas cada vez más complejas y simbólicas) cuenta con un cerebro privilegiado desde los inicios de la hominización (dependiendo de los autores, sobre los 2 millones años). Pero ese cerebro privilegiado se dedicaba (tal vez con mayor eficiencia o ambición) a lo que el resto de cerebros animales: a buscar, captar, significar y aplicar a la conducta toda aquella información que le llevara a atrapar presas o a huir de depredadores. Al ser un animal gregario, ese mismo cerebro también se fue especializando en asegurar una posición social que le garantizara sustento, seguridad y, ocasionalmente, oportunidades para reproducirse.

También dependiendo del autor, se estima que el Homo Sapiens (la especie humana a la que, por muy poco que hagamos honor a su nombre, pertenecemos) apareció en el planeta tan sólo hace 200.000 años. Pero la cosa no se complicó seriamente hasta hace 70.000 años, cuando se empezó a fraguar la llamada revolución cognitiva. Por causas que desconocemos (se atribuye a su progresiva eficacia y dominio del medio), se estima que sobre esa fecha los Sapiens crecieron tanto en número que sus grupos pasaron de meras tropillas de decenas de integrantes a micro sociedades de centenares y hasta miles de individuos. Y que para mantener la cohesión interna de estos grupos en aumento y garantizar la voluntad de colaboración entre miembros cada vez más distantes entre ellos, el ser humano empezó a inventarse mitos, leyendas y relatos (desde antepasados a dioses que los cohesionaran artificialmente) basados en realidades cada vez más irreales.

Hasta entonces, los humanos se comunicaban en aras de cooperaciones pragmáticas, se relacionaban con fines utilitaristas cuya intención última era la subsistencia (fuera para evitar ser devorados por depredadores, fuera para devorar presas). Y toda comunicación, toda intención, toda acción, tenían como referente elementos tangibles, presentes, objetivamente reales a los que convenía acercarse o de los que convenía huir. Pero a partir de la -tan rimbombantemente bautizada- revolución cognitiva, y en aras de la cooperación de individuos cada vez menos próximos entre sí genéticamente, el ser humano empezó a dedicar y prestar cada vez más atención a la creación de símbolos que unieran sus sociedades, a interpretar dioses comunes que los bendijesen o castigaran y a crear reglamentos para regular grupos ingobernables desde los parámetros de los animales que fuimos. A partir de aquí (y hasta hoy, más de 70.000 años después) no hemos parado de cultivar los frutos de esta revolución subjetiva: el arte, la ciencia, la religión, la filosofía, etc. en un proceso de singularización como individuos que, en el siglo XXI occidental, se está acelerando hasta el delirio.

Lo importante de todo ello radica en que, aunque la cultura y sociedad humana han dado giros copernicanos (desde las cavernas a Internet, de la manada a las sociedades, del gruñido al canto gregoriano), el cerebro humano es prácticamente idéntico al que teníamos hace millones de años (morfobiológica y genéticamente como órgano, ya que en rasgos menores e individuales su plasticidad le permite cambiar en cuestión de semanas. Para eso sirve, precisamente, la formación). Significativamente, poco ha cambiado en los últimos millones de años, pero es que no lo ha hecho en absoluto en los últimos 70.000. O sea, que con el mismo órgano fabricado por la evolución para cuestiones básicas, pragmáticas e inmediatas basadas en gran medida en la determinación del instinto y para gestionar información concreta y específica… debemos enfrentarnos a las diabluras existenciales y subjetivísimas de nuestra vida de (post?)sapiens del siglo XXI.  Con idéntica herramienta a aquella con la que decidíamos si perseguir o huir, acercarnos a ésta o aquél homínido para asegurarnos la seguridad del grupo, interpretar las señales de la naturaleza para seguir avanzando o guarecernos, determinar si estábamos cerca de una presa o de un depredador… ahora debemos enfrentar los retos del siglo XXI. Plantearnos si dios existe o no (y cuál, y como vivir su existencia o ausencia), como dotar de sentido la existencia, si soy hombre o mujer aún habiendo nacido macho o hembra, si quiero tener hijos y cuántos, donde me hará feliz vivir, cuáles son los valores que, de satisfacerlos profundamente en mi día a día, me harán sentir realizado… ¡La máquina no da! ¿Qué ocurriría si a un Commodore 64 le intentamos instalar el Windows XP o conectarnos a Internet? Evidentemente, se colgaría. El milagro sería que no lo hiciera, ¿Verdad?

Amén de mi ya conocida tendencia a dar la tabarra a diestro y siniestro con aquello que me apasiona (y la incapacidad humana para comprender la realidad, y la “divina animalidad” del ser humano ya sabéis que lo hace, y mucho)… ¿A santo de qué os cuento todo esto? ¿Qué utilidad práctica puede tener en nuestra cotidianidad?

La respuesta no será breve, pero si sencilla: Dada la dicotomía irreconciliable del ser humano como animalito práctico y como Sapiens sabelotodo, el ser humano tiene todos los números para estar como una puñetera cabra. El humano ha creado con su cerebro un ser, una sociedad y unas simbologías tan enrevesadas y alejadas de su naturaleza primaria que ese propio cerebro que las creó, lejos de poder entenderlas, no atina ni a sentirse cómodo entre ellas. Por ello, se ve desbordado por tantísima información –y tan compleja- que no puede procesarla sin, por momentos, sentirse aturdido, confuso y hasta puntualmente sucumbir al vértigo de perder pie. Y ya sabemos todos cuál es la primera consecuencia de la confusión sostenida: el miedo. ¿Y la del miedo reiterado? La angustia… y así pasito a pasito hasta el estrés crónico y las más variadas formas de neurosis más o menos etiquetables.

Os cuento todo esto para resaltar una de esas obviedades que, de tan obvias, se nos hacen transparentes y no somos conscientes de ellas. Caballeras y señoritos: si a pesar de todo lo expuesto conserváis una brizna de cordura, sólo me queda decíos una cosa: ¡Enhorabuena! ¿De qué pasta especial estáis hechos para, a pesar de tener la biología, la semiótica, la evolución humana entera en contra… aún estéis mínimamente cuerdos? ¿Qué poderes mágicos poseéis? Acordaos que lo raro no es sólo vivir… es no estar completa, clínica y patológicamente majaretas. La cordura para el (pseudo?)Sapiens del siglo XXI es un don, una proeza cotidiana… un milagro. Pero, ¿Lo vivimos así? ¿O, bien al revés, nos la tomamos como una obviedad sin importancia, un derecho adquirido que no necesita preservarse, que cuándo se posee no se valora… pero se teme perder?

Ya lo escribí en alguna ocasión: no hay manera más eficiente de amargarse la vida que no valorar lo que se tiene… pero si sufrir su pérdida (o la mera perspectiva de su pérdida). Y mucho me temo que, como en el caso de la salud, o el estar vivos, la estabilidad mental es uno de esos privilegios maravillosos que no valoramos en su medida como el milagro efímero que, si nos paramos a pensarlo, es.

Por ello, os animo a un par de cosas:

  1. Que cada mañana deis gracias a dios, al diablo, al destino, la Pachamama, las energías cósmicas o al más puro y gratuito azar por estar vivos y mínimamente conscientes de vuestra más o menos precaria cordura. Disfrutemos mientras dure de un privilegio que, como todos y absolutamente todo, lleva fecha de caducidad.
  2. Dediquemos un tiempito cada día a inventarnos nuevas locuras… con las que conservar la cordura. Nuevas maneras de hacernos felices a nosotros y a los que amamos, a aceptar más y mejor que el mundo ni es ni será perfecto, que los demás son libres de ser como a ellos les dé la gana y no como a mí me convenga, que las cosas que no podemos cambiar hay que aceptarlas con una sonrisa, pero las que sí hay que embestirlas con entusiasmo hasta que se asemejen a nuestros deseos… La cordura no se conserva sola, sino a base de aprender a pensar, sentir y aceptar la vida más cuerdamente.

Lo raro es Vivir. Lo raro es estar mínimamente equilibrado. Te animo a que te inventes una vida a tu medida como para disfrutar de ambos milagros. Y cada día, cada momento… mientras dure. Que por mucho que nos neguemos siquiera a pensarlo, no lo hará siempre.

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