Si no lo creo, no lo veo


En mi top ten de refranes carcas (“Más vale malo conocido…”; “Más vale pájaro en mano…”; “No por mucho madrugar…”; y el más cafre de todos: “Quien bien te quiere… te hará llorar”), hay uno que, por miope, considero especialmente castrante: “Si no lo veo, no lo creo”.

Sin llegar a límites de esoterismos de saldo, la semana pasada os hablé de cómo es la realidad interna la que determina nuestra realidad exterior. No por antenas con el universo ni determinismos esenciales, horóscopos por decreto ley cósmico ni deidades que, de existir, no creo que se fueran a ocupar de lo que, comparándolo con los verdaderos dramas humanos que sufren miles de personas en el planeta, les parecerían caprichitos de preñado.

Es más sencillo que todo ello. Nuestra realidad interior condiciona la externa ya que nuestra manera de pensar produce unas emociones acordes, y éstas determinan tanto nuestros cursos de acción (las emociones sirven para predisponer a cuerpo y mente a determinadas conductas) como nuestro foco de atención (qué datos de la realidad exterior observaremos y procesaremos conscientemente y cuáles desecharemos o relegaremos al inconsciente). Convertimos determinadas maneras de pensar en realidades sólidas y tangibles mediante nuestros actos y sus consecuencias. Así es como, en palabras de R. Bandler, hacemos que “nuestras realidades estén hechas de creencias, no nuestras creencias de realidades”. Como veis, de mágico poco y de esotérico, menos.

1. QUÉ SON LAS CREENCIAS

Son todos aquellos dogmas sobre uno mismo, los demás y el mundo que aceptamos como ciertos y mediante los cuales regimos nuestras conductas. Todo lo que hacemos responde a una creencia, consciente o inconsciente, que hemos automatizado como cierta. Al preguntarnos el ¿Por qué? de cualquier conducta, la respuesta será siempre una creencia. Desde las más obvias y las que más fácilmente podemos achacar a imperativos objetivos de la biología o la física más elemental (¿Por qué comemos? ¿Por qué dormimos? ¿Si salto, volveré a tocar de pies a tierra?) a las más subjetivas e individuales (¿Por qué tenemos hijos? ¿Por qué leo/ veo la TV/ tengo coche?), todas las conductas responden a una creencia que justifica racionalmente su implementación. ¿Por qué estoy escribiendo ahora mismo? ¿Por qué escucho a Piazzola al hacerlo? ¿Por qué me he servido un buen Penedès para acompañar mis letras? ¿Por qué he venido a pasar estos días a la Cerdanya? Creencias, creencias y más creencias. Todas ellas tan legítimas… como subjetivas y arbitrarias, ergo argumentables y perfectibles en función de sus consecuencias conductuales… y los efectos en mi felicidad de éstas.

Las creencias son síntesis sobregeneralizadas de temas demasiado complejos como para manejar conscientemente en todos sus infinitos matices. Al ser un esquema reducido de cuestiones extensas (como el mapa de un territorio, que para orientarnos sobre el papel, ha de esquematizar simplificando el lugar que cartografía), los humanos las formamos mediante una evaluación subjetiva y arbitraria de la realidad a la que se refieren. Por ello, las creencias se resisten a la maniquea clasificación de cierto / falso. ¿Las mujeres /hombres son buenas  o malos? ¿Los perros son bellos? ¿El vino tinto es mejor que el blanco? Son preguntas cuyas respuestas, a menos que padezcamos ciertos ademanes talibanescos de verdades absolutas y anatemización de los que difieren, deberemos reconocer que responden más a nuestra propia subjetividad y nuestras propias opiniones sobre mujeres, hombres, perros o vinos que no a propiedades presuntamente intrínsecas de los y las mismas.

Antes de continuar, para acabar de definir las creencias debo aclarar algo: al hablar de creencias, acostumbramos a pensar en códigos éticos que enseguida relacionamos con ideologías políticas, religiosas o morales. Pero repito: creencias son cualquier dogma que creamos cierto tanto para la metafísica más elucubrada como para la cotidianidad más minilocuente.

2. POR QUÉ ES IMPORTANTE TOMAR CONCIENCIA DE NUESTRAS CREENCIAS.

Porque todos los porqués que responderían las cuestiones anteriores son creencias personales que, al determinar mis acciones, acaban determinando indirectamente lo que consigo y hago de mi vida. No somos lo que creemos pero, mediante las acciones que nos impelen a realizar las creencias, nos acabamos convirtiendo en ello. Primero, porque las creencias ya filtran qué observaremos de la realidad externa y como lo significaremos; segundo, porque, las conductas determinadas por las emociones nos construirá una realidad acorde a nuestras creencias.

De ahí la importancia de auditar nuestras creencias, pues lo que seremos estará determinado por lo que creemos.  ¿Os dice algo el parecido de las palabras creer y crear? (coincidencia que se produce en todos los idiomas que conozco: creure – crear; croire – créer; live – believe). Una definición que me parece muy pertinente establece que las creencias son “profecías de obligado autocumplimiento”: creas en función de lo que crees.

3. CÓMO SE FORMAN LAS CREENCIAS.

Como vimos en el post “La Invención de la Realidad”, el cerebro humano no puede manejar las ingentes cantidades de información que le llega del exterior y que el mismo procesa. Por ello, debe tratar la información en base a tres procesos cognitivos:

Generalización: extrapolación de la información seleccionada a ámbitos mucho más generales a los que, en un principio, esos datos se circunscriben. Mediante la generalización establecemos categorías genéricas, etiquetas que nos evitan volvernos locos al analizar al detalle todos y cada uno de los componentes de las caóticamente singulares situaciones y colectivos humanos en y con los que vivimos.

Distorsión. Una vez asentamos las bases de una creencia mediante la generalización, el cerebro manipulará los datos que le lleguen para adecuarlos a esa creencia. Una anécdota atribuida a R. Bandler cuenta que, para curar a un científico ingresado en un psiquiátrico cuyo delirio estribaba en estar convencido de ser un cadáver, Bandler le preguntó si los cadáveres sangraban. Obviamente, el científico (desequilibrado, pero no tonto) contestó que no, tras lo que nuestro psicólogo le hizo sangrar pinchándole en un dedo para demostrarle cuan equivocado estaba al creerse un cadáver. Al empezar a sangrar, el científico tuvo que admitir su error y cuan engañado había estado todos estos años. Bandler le había demostrado… ¡Que los cadáveres sangran!

Eliminación. Con la creencia ya asentada por las generalizaciones y reforzada por las distorsiones, el cerebro elimina directamente toda aquella información que le llegue y que no sea consistente con la creencia establecida. La mayor dificultad al abordar el cambio de creencias estriba en que la información que, precisamente, nos llevaría a cuestionar la creencia a cambiar… tiene infinidad de filtros a superar antes de llegar a la conciencia y que la podamos ponderar racional y conscientemente.

Además, la inmensa mayoría de creencias proviene de experiencias tempranas, de la educación recibida, las opiniones de personas de referencia, el adoctrinamiento social, las metáforas personales… La formación de creencias no siempre (casi nunca, para ser exactos) responde a criterios ni racionales ni conscientes, por lo que muy a menudo la información sobre la que se basan es insuficiente, pobremente fundamentada… o abiertamente inexistente. Es más: para aquellas creencias que si tenemos bien fundamentadas y articuladas en sesudas teorías conscientes, en infinidad de casos primero se estableció la creencia en las estructuras más profundas del cerebro y, a posteriori, éstas pusieron al neocórtex a su servicio para encontrar, seleccionar y distorsionar aquella información que refuerce la creencia ya establecida. Si, en este caso está claro que la gallina fue antes que el huevo.

4. CLASIFICACIÓN ÚTIL DE LAS CREENCIAS. Entre las dicotomías que podemos utilizar para diferenciarlas, a mí me parecen especialmente útiles las siguientes:

Conscientes / Inconscientes. Como toda actividad cognitiva, el 99% de nuestras creencias son inconscientes, y de la inmensa mayoría ni sospechamos albergarlas. En mi experiencia profesional y personal, muy rara vez coinciden las creencias que estamos convencidos de albergar con las que, en la práctica, acabamos descubriendo al analizar nuestras conductas. De ahí la importancia de la introspección y el autoconocimiento. Creedme si os digo que en la mayoría de clientes con los que trabajo (y conmigo mismo), la principal fuente de confusión estribaba en la incompatibilidad entre lo que creía (quería / pensaba que debía) creer y lo que realmente y de facto mis conductas demostraban que creía.

Teóricas vs Conductuales. Análogamente a lo expuesto, tampoco acostumbra a coincidir aquello que decimos creer con aquello que hacemos. Y no nos engañemos: si queremos descifrar creencias básicas (propias o ajenas), no nos fijemos en lo que nos decimos o nos dicen, sino en lo que hacemos o hacen. El hilo de nuestras conductas observables es mucho más fiable para llegar a nuestras creencias más profundas que las sesudas verbalizaciones con las que acostumbramos a elucubrar sobre ellas, tanto en público como en privado.

Limitantes / Potenciadoras. Pero por muy subjetivas y arbitrarias que todas las creencias sean, ello no quiere decir ni que todas sean iguales ni todas idénticamente válidas. Como las creencias determinan nuestros cursos de acción, las hay que determinan ACCIONES QUE NOS AYUDAN A MEJORAR COMO PERSONAS (potenciadoras) y ACCIONES QUE NOS AYUDAN A EMPEORAR COMO PERSONAS (limitantes). Por ello, son limitantes aquellas creencias que imposibilitan o dificultan aquellas acciones que mejorarían nuestra vida, y son potenciadoras aquellas que facilitan las acciones que nos permitirían convertirnos en una versión mucho mejor de nosotros mismos y a nuestra vida en un lugar mucho más deseable. Desde el Coaching no valoramos las creencias como ciertas o falsas. No sólo por el sinsentido integrista que conlleva valorar juicios subjetivos como hechos objetivos para determinar cuál es más “cierto” sino, sobre todo, porque no nos ayuda en los procesos de cambio. Tan cierta es la creencia que todos vamos a envejecer y morir… como la que afirma que es un milagro mágico el estar vivos. Elige cual quieres tener más presente en función de los estados de ánimo que te provoque y las acciones que te éstos te faciliten implementar.

5. ¿CÓMO PODEMOS DESAFIAR LAS CREENCIAS LIMITANTES Y REFORZAR LAS POTENCIADORAS?

Mediante un proceso que llamo auditoría de creencias, y que consta de los siguientes pasos:

a) Toma de conciencia de cuáles son nuestras creencia esenciales (aquellas que se derivan del análisis de nuestras conductas habituales), y si entran en contradicción con las que creíamos tener.

b) A qué emociones me llevan esas creencias, y qué cursos de acción facilitan o dificultan.

Esas acciones, ¿En qué tipo de persona me acaban convirtiendo? ¿Qué tipo de vida construyen? ¿Me están permitiendo conseguir mis objetivos o, por el contrario, me lo están dificultando?

a) Si me facilitan la vida: REFORZARLAS VOLUNTARIA Y CONSCIENTEMENTE mediante la búsqueda, selección y magnificación de datos pertinentes y bien fundamentados; experiencias propias y ajenas y recuerdos.

b) Si me la dificultan, REFUTARLAS VOLUNTARIA Y CONSCIENTEMENTE cuestionándome aquella información, experiencias propias y ajenas y recuerdos en las que se basa.

No creer en  nuestro potencial personal para acabar materializando nuestros objetivos es como decir que nos lanzaremos a la piscina… cuando ya sepamos nadar. Es precisamente creer que podemos lo que nos permitirá actuar con la máxima eficiencia en pos de nuestros objetivos.

Pero ojo: contrariamente a lo que sostienen teorías que a mi entender no llegan ni a sucedáneo de superchería, la creencia de que podemos crear lo que deseamos en nuestra vida es condición sin equanum, nunca garantía de éxito per se. Creer en nuestra competencia para construir nuestros sueños no garantiza absolutamente nada, pero eso si: condiciona favorablemente nuestra capacidad de análisis, planificación y la eficiencia de nuestras conductas… y esto (y no el universo, la conciencia cósmica ni la justicia divina) será lo que nos permitirá materializar una vida a la altura de nuestros anhelos.  Señalarlo me parece un importante matiz que diferencia el trabajo de mejora personal de esoterismos varios de nuevo y viejo cuño que intentan hacernos pensar que podemos conseguir lo que queramos tan sólo deseándolo mucho, mucho, mucho… y habiendo sido niños bueeeenos que se lo merecen.

Para concluir, uno de esos consejos que yo siempre niego dar: antes de lanzaros a un cambio de conducta, revisad las creencias que os han impedido hacerlo hasta hoy. ¿Se puede cambiar una conducta sin cambiar las creencias que la sustentan? No es mi caso, pero imagino que si. Eso si: con el doble de esfuerzo y el triple de sufrimiento. Y no estamos aquí ni para esforzarnos estérilmente ni para sufrir en balde. Por lo menos, yo no. ¿Y tú?

Anuncios

Un comentario en “Si no lo creo, no lo veo

  1. Pingback: Utilizar y Conocer tus emociones | Metacoaching – José A. Peral

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s